En aquella época mis padres tironeaban de mí, como en muchos casos de niños cuando sus progenitores se han divorciado.
El día que descubrí la verdad sobre la sociedad en que vivo era domingo y estaba con mi madre.
-Venga vístete o llegaremos tarde a la iglesia.- me dijo intentando ser paciente. A los dos minutos estaba terminando de vestirme en el asiento de atrás mientras ella maldecía a cada coche que se le cruzaba por el camino. El reverendo Martinez Salvá estaba como siempre parado en la entrada con su túnica negra, su barba rubia, su cara bondadosa y sus gafas sonriéndole a todo el mundo. “Buenos días Mónica, veo que ha venido con su retoño” dijo despeinándome con una caricia, por lo bajo me soltó, “como hoy no te comportes terminas de nuevo sentado con las hermanas gordas de la semana pasada en el oratorio”. La misa avanzaba mientras nos hablaba a todos de lo bonito que era ser bueno con nuestro prójimo y de cómo Jesús había estado cantidad de tiempo en el desierto, había cargado una cruz, lo habían clavado a la cruz, había resucitado y caminado sobre el agua. Ese tío era un jodido super héroe, aunque con todos sus poderes nunca entendí por qué no aplastó a los romanos y salió volando con su madre virgen bajo un brazo y sus doce apóstoles en la espalda. Mi madre no estuvo muy de acuerdo con mi comentario, y tras darme un golpe en la nuca me exigió que me ponga de rodillas como hacía todo el mundo, mientras el sacerdote levantaba la copa de oro y se mandaba varios tragos de vino. Lo que menos soportaba de ese sitio era el coro que dirigía la mujer de pelo anaranjado, siempre desafinaban y cantaban las mismas canciones, en ese momento tocaba “den al señor sus alabanzas, denle poder honor y gloria, a una voz, canten un himno al señor”.
Yo no podía comer el pan mojado en vino, que en realidad era un pedazo de cuerpo del super héroe, porque aún no tenía hecha la comunión.
Ese día nos contó el padre Salvá que Jesús sabía que lo iban a traicionar, ese tipo Judas se había vendido a los malos, pero que Cristo le perdonaría y que por él y todos nosotros se iba a dejar clavar a una cruz como un cuadro a la pared. Tenía dos cojones ese tal Jesús.
Al salir de misa el padre Martinez Salvá me llamó a hablar con él y me preguntó nuevamente que si me apetecía tomar la comunión ¡¡joder y si me apetecía!!, tras las amenazas de mi madre de quitarme la play si no lo hacía, incluso me dajaba clavar a una cruz también. Respondí que sí con una sonrisa y al viernes siguiente estaba metido en un grupo de catequesis cuya profesora se escandalizaba frente a todas y cada una de mis preguntas. Tiempos difíciles para un curioso. O sea que tras conocer en clases de religión que Dios me observaba todo el tiempo, en todas partes, que era invisible y que me juzgaría, salí acojonadísimo y me fui a casa de mi padre que vivía muy cerca.
Mi padre, en cambio, seguía otro tipo de religión, al menos eran más enrollados y tenían espectáculos molones en escena. Ibamos a la Iglesia evangelista brasileña “Cristo Vive”, aquí el panorama era diferente, y también me tocaba ir los domingos, sólo que los domingos que no estaba con mi madre. Pensando en todo aquello pasé el viernes y el sábado, además de que ese día fuimos a visitar a mis tías, que me hicieron comer como si no existiese un mañana mientras me hacían todo tipo de preguntan sobre mi madre, al tiempo que la criticaban tratando de ser sutiles, hasta que al fin mi padre dijo que nos íbamos a casa. Mis tías eran agnósticas, y cuando le pregunté en casa a mi padre qué significaba eso me dijo:- que irán al infierno por no creer en nuestro señor.- Con lo cual me acojoné más y pensé que en ese momento el tío invisible me estaba mirando, y de que seguramente se había dado cuenta del pedo que me había rajado, joder con lo cotilla que era éste tío.
Lo mejor llegó el domingo cuando fuimos a la iglesia “Cristo Vive”. El pastor Sebastián estaba en un escenario tope de luminoso mientras el coro excitadísimo cantaba en portugués moviendo el culo y las manos como si estuviesen en carnaval, era genial. En el lugar había muchísima gente que levantaba las manos y el pastor casi siempre escogía personas ancianas, enfermas o con discapacidades físicas para que suban junto a él, a pesar de que siempre levanté la mano nunca tuve tanta suerte. Esta vez eligió a un hombre en silla de ruedas, jo macho, que fuerte me pareció lo que sucedió después, el padre Sebastián comenzó a preguntarle a voces:- ¡¿puedes curarte???!- a lo que el paralítico respondía:- ¡Puedo!- Luego el pastor al público:- ¡Con el amor de Cristo podrá!- La gente enloquecía tras repetir dos o tres veces ésta situación. Lo chungo fue cuando le quitaron la silla de ruedas, el hombre cayó al suelo como una bolsa de patatas, a su vez todos gritaban a voces “Cristo ayúdale, Cristo cúrale” y el pastor Sebastián le cogía la cabeza y con los ojos cerrados empujaba hacia adelante y atrás con las dos manos como meneándole las ideas. Tras unos minutos de yacer en el suelo temblando mientras todos gritaban el hombre se levantó haciendo que todos griten aún más y el coro enloquezca. Mi padre movía todo su cuerpo histérico, y parecía que cada uno de sus miembros tuviese vida propia moviéndose hacia donde más le apetecía. Joder si era poderoso ese tal Cristo. Decidí entonces no decir más joder, no vaya a ser que su padre invisible me estuviese mirando en ese momento.
Al llegar a casa de mi madre tras tan brutal fin de semana encontré en el sofá un culo blanco y peludo que parecía pertenecer a un tío, pero de él no veía más que eso y las piernas de quien parecía ser mi madre en sus hombros, además de que entre sus tetas había un tío más, cual fue mi sorpresa al cerrar la puerta que el tío del culo blanco y peludo era el sacerdote Martínez, que se puso más pálido que de costumbre al verme. En cinco minutos todos estaban vestidos y en la mesa junto a mí, resulta ser que el tío que tenía la cara en las tetas de mi madre era nada menos que uno de los monaguillos, me explicaron que lo sucedido no tenía importancia y que a veces la gente se equivocaba, y que ellos evidentemente habían sido tentados por satanás. Tras ésto me enviaron a mi habitación.
Pasó la semana y yo iba cada vez más veces a clase de catequesis, el ángel de la guarda, que me cuidaría en teoría, también iba pegado a mí observándome, hay que joderse porque era un enviado del tío invisible, estaba chunga la cosa para liarla: Dios tenía espías y todos eran invisibles como él. Controlaban todo, que cumpla los 10 mandamientos, que no comenta pecados, que haga caso a mi madre, que rece, que me disculpe ante ellos... sí, habría que ir con cuidado porque sino al infierno de una, sin más.
Una semana después me encuentro al tío paralítico de la iglesia de mi padre pidiendo limosna a la salida de mi escuela, estaba ciego, hay que ver la que le cayó por dejar la silla de ruedas, a ver si había suerte y el pastor Sebastián lo curaba de nuevo, aunque visto lo visto igual no le convenía. Cuando volvimos a la iglesia “Cristo vive” el pastor explicó con un sobre en la mano que debían poner su aportación a Dios dentro y que su plegaria llegaría al cielo. Básicamente era más rápida y efectiva la solución cuanto más alta la aportación, parecía justo. Pero cuando mi padre dijo que no quería aportar porque ya no tenía dinero, la iglesia, el pastor y el coro incluido lo invitaron a retirarse. Así mi padre los mandó a la mierda y se tiró al alcohol.
Unos nueve meses después mi madre tuvo un hijo que provocó bastante escándalo mediático, además de la expulsión del padre Martinez Salvá de la santa iglesia católica apostólica romana.
A día de hoy voy con algo de cuidado por si es cierto que el tío invisible me sigue observando, y todavía no entiendo como éste súper héroe llamado Cristo puede tener tantas sucursales y una iglesia con el nombre de los romanos que son quienes lo asesinaron. A ver si al final es verdad que el infierno está en la tierra como dice mi profesor de literatura cada vez que se cabrea por algo. Al menos dejé de seguir yendo a clases de catequesis y pude volver practicar fútbol los viernes.
viernes, 18 de febrero de 2011
La soledad de Rose
Rose había sido soltera durante toda su larga vida, igual que su hermana menor – que en paz descanse-, y su hermano Louise, muerto también desde hace tiempo ya. Rose y su hermana Clarette siempre había compartido el gusto por las artes , Rose solía escribir en el porsche de la gran casa que habían heredado (junto a una nada despreciable fortuna) mientras su hermana se dedicaba con esmero a pintar los paisajes de los grandes campos que eran también parte de sus bienes familiares. Louise, en paralelo, cumplía con las obligaciones de “hombre de la casa” y llevaba las finanzas, aunque su actividad preferida consistía en pasarse tardes enteras jugando al ajedrez desafiando a su propio intelecto, en partidas donde las blancas y las negras batallaban bajo sus mandos.
Junto a la casa, había una vivienda más humilde y sencilla que habitaban sus caseros Greta y Sam, sus tareas consistían básicamente en mantener limpios los establos, cuidar de los jardines y los animales, preparar las comidas y cosas similares.
El invierno en que Louise murió de neumonía, sus hermanas, de fuerte temperamento, tomaron las riendas del hogar sin problemas, ejercieron así el papel de jefas de los peones que trabajaban en los campos y no perdieron ni un ápice de autoridad frente a sus criados Greta y Sam. Sus vidas realmente no se vieron afectadas por la ausencia de su hermano, en cambio cuando Clarette murió de una enfermedad que los médicos no lograron diagnósticar, Rose se encontró perdida, y con sus más de setenta años, estaba débil pero obstinada a continuar ella sola con la responsabilidad de matriarca solitaria que sentía le pertenecía. Siempre pensaba en sus largas conversaciones con Clarette acerca del misterio del más allá, y nunca olvidaría las últimas palabras de su hermana: “si hay algo más luego de ésto, te lo haré saber”. fueron para ella una promesa de reencuentro y la calmaban mucho cuando la extrañaba.
Greta y Sam nunca habían sentido verdadero cariño por sus patrones, pero habían trabajado en esos apartados campos durante más de la mitad de sus vidas, y si bien nunca vivieron como criados normales, ya que el dinero jamás había sido un problema para ellos, se sintieron defraudados cuando tras la muerte de Louise en su testamento sólo legaba a sus sirvientes la casita donde estaban y algunos campos.
Rose estaba en el porsche cuando escuchó el sonido de pasos en las escaleras que llevaban al segundo piso “¿Greta eres tú? ¿Sam?”, preguntó mientras se levantaba, los pasos cesaron. Encendió una vela y entró a la casa en silencio, parecía que allí no había nadie más que ella, y hasta donde tenía entendido, sus empleados en ese momento estaban aún limpiando las caballerizas, así que supuso que debían de ser imaginaciones suyas. Se sentó a bordar a la luz de un farolito de queroseno frente a la chimenea cuando nuevamente sintió el sonido de alguien caminando dentro de la casa, sintió un escalofrío en las vértebras y volteó para mirar las escaleras que a sus espaldas asomaban por el arco que separaba el salón del recibidor “¿Sam? ¿Greta?”, nadie respondió. El reloj de pie sonó ocho veces, se alegró al pensar que sus criados estarían pronto de vuelta para preparar la cena. Los pasos una vez más, hizo la pregunta nuevamente, y otra vez el silencio regresó a ella. Cogió su bastón y el farol, luego subió las escaleras, uno a uno los escalones se mostraban bajo la tenue luz y al llegar al último peldaño observó que la habitación que solía ocupar su hermana estaba abierta, Rose sólo pudo pensar en lo que Clarette le había dicho antes de morir. Avanzó por el pasillo en penumbras hasta la entrada del dormitorio, había un vestido sobre la cama, y retrocedió entre confusa y asustada, luego los pasos retumbaron nuevamente, ya un poco desesperada gritó “¡¿Quién anda ahí?!”, escuchó un extraño sonido, como un susurro en las escaleras, y se dirigió a ellas, no con el propósito de investigar, sino el de salir de la casa. Sus manos temblaban, y la desesperaba no poder ver más allá de lo que alumbraba su farolito, objeto al que se aferraba como si fuera lo único que le quedaba en el mundo, dió un paso, luego otro, quería mantener la calma pero arrebatada por la ansiedad avanzaba a toda velocidad, se sentía observada. Al llegar al último escalón vió una serpiente de cascabel, asustada intentó correr, pero resbaló y cayó por las escaleras.
Despertó en su cama, junto al médico de la familia “Qué susto nos ha dado Rose, tiene usted los huesos débiles y debe ir con más cuidado”, ella preguntó por la serpiente y el doctor la miró con un gesto de sorpresa en el rostro “No había ninguna serpiente, Sam estaba en la cocina cuando la escuchó gritar en la caída, no es bueno que entre en la habitación de su hermana, sé que es reciente su pérdida, pero quedarse entre las cosas de Clarette puede confundirla mucho, lo mejor es que descanse y ya verá como el tiempo cura las heridas”, Rose le explicó lo sucedido y el doctor, tras una silenciosa pausa le dijo que tras la pérdida de un ser querido es normal tener lagunas en los pensamientos y que a su edad –sin ánimos de ofender- lo era aún más. Greta entró en la habitación “Aquí le traigo un zumo señora, ¿se encuentra mejor?”, Rose estaba confundida “¿Dónde estaba usted cuando me caí? ¿y Sam? los he llamado repetidas veces”, preguntó de forma incisiva. “Yo estaba en las caballerizas, y Sam preparándole la cena, él no quiso molestarla cuando notó que usted estaba en el cuarto de Clarette, aunque como pasó bastante tiempo allí estaba preocupado”, repondió la mujer con tono cariñoso. “Bien yo debo irme”, dijo el médico, “Cuídese ¿vale? Greta tiene unos calmantes que le administrará para el dolor. Debe descansar”, le palmeó la mano y ambos salieron. Mientras bajaban, Greta le expresó lo preocupada que estaba por su ama, y el doctor, que conocía muy bien a la familia, le dió unos sedantes mientras le decía: “Ella nunca accedería a tomarlos, pero creo que el episodio que tuvo es una mezcla de dolor por la muerte inesperada de Clarette y demencia senil, ésto la tranquilizará, yo vendré a ver como sigue en dos días.” Greta le agradeció al hombre su ayuda y lo acompañó hasta la salida. Luego se dirigió a la cocina para hablar con Sam acerca de lo ocurrido.
Rose miró a su alrededor con espanto, le dolían mucho los brazos y el costado, y no lograba explicarse lo sucedido. En la mesa de noche el zumo de zanahorias junto a la campanilla que usaba para llamar a sus sirvientes le recordaron de alguna manera lo vieja y sola que se encontraba, explotó en llanto. Luego, para calmarse, bebió un poco de zumo y tras ello se sintió algo mareada, se quedó dormida. Despertó cuando era ya noche cerrada y la oscuridad le asustó bastante, entonces encendió una vela. Notó que la cena estaba sobre una mesita al costado de su cama, se enderezó y comió un poco, aunque la dejó aparte al advertir que estaba fría, vió que había calmantes junto a la bandeja, así que los tomó con más zumo de zanahorias. Se puso las zapatillas de cama y se dirigió con la vela en la mano hacia el lavabo, al salir al pasillo la oscuridad lo cubría todo, con excepción del radio de luz que provocaba la llama. Avanzó por la casa, sólo se oía el crujir de algunas maderas del suelo bajo sus pies. Todo parecía normal pero seguía percibiendo esa horrible sensación de unos ojos en su nuca. Entró al lavabo y orinó, luego puso la vela frente al espejo para lavarse las manos, sintió frío y al levantar la vista notó que algo pasaba por detrás de ella dibujándose como una sombra en el espejo, lanzó un grito ahogado y cogió la vela como si fuera un arma apuntándola en dirección a la bañera, pero en el brusco movimiento la llama se apagó, sintió pánico, un pánico irracional que nacía desde sus entrañas y la revolvía por dentro, fue hacia la puerta, pero no la encontró hasta varios intentos después, y al intentar abrirla sentía que alguien la cerraba por fuera, tirando hacia el lado opuesto. Quiso gritar pero no pudo, estaba segura de que no estaba sola en el lavabo e iba notando poco a poco como sus músculos se aflojaban cada vez más, estaba temblando y no conseguía abrir la puerta. De repente la puerta se abrió y ella cayó al pasillo, intentó levantarse pero no pudo, no veía nada y eso la desesperaba aún más, el agotamiento que sentía se apoderó de ella y se desvaneció. Abrió los ojos cuando Sam la tenía cogida por las piernas, ella no lograba establecer un contacto con la realidad, estaba mareada y veía borroso, tampoco podía escuchar con claridad las voces de quienes estaban allí, también había notado que alguien más la tenía levantada, ya que Sam le hablaba a una persona que la tenía sostenida por el torso. Reconoció el camino a su habitación, al pasar frente a la habitación de la difunta Clarette vió que la puerta estaba abierta y todo en su interior estaba revuelto. La pusieron en la cama, y se quedó dormida intentando entender lo que Sam decía. Despertó por la luz del sol en su cara, Greta estaba sentada a su lado. La miró y le preguntó que qué había sucedido. Greta le explicó que el médico acababa de irse y que había sufrido un desmayo en mitad de la noche. “¿Quién estuvo metiendo mano entre las cosas de Clarette Greta?.” “Usted señora mía”, dijo Greta con tono maternal, “¿Acaso no lo recuerda?.” “No es verdad, yo sólo fui al baño, alguien me dificultó abrir la puerta y caí.” “Señora Rose, en el baño había ropa de su hermana, ésta muy confusa, dijo el doctor que es normal que usted se olvide de ciertas cosas, lo llamó algo así como bloqueo emocional.” “Me duele la cabeza”, contestó Rose con tono exigente para disimular su confusión aún mayor al observar que el cuadro que estaba en su pared era uno distinto pero del mismo paisaje, que también había pintado Clarette. Prefirió no decir nada al respecto, bebió los calmantes que el médico le había prescripto, ordenó a Greta que se retirase y se quedó dormida tras una sensación de mareo.
Al despertar, lo primero que vió fue el rostro de Sam, intentó hablar pero no pudo, estaba muy mareada y no comprendía lo que decía el hombre. Greta entró en la habitación también, ambos sonreían y hablaban, pero ella no lograba entender. Sam se acercó, ella tuvo miedo, se sentía impotente, apenas podía racionalizar las cosas, y le resultaba imposible moverse, sentía sus miembros entumecidos y le dolía mucho la cabeza. Sintió como las manos de Sam le abrían la boca ejerciendo una fuerte presión sobre su mandíbula, le dolía mucho, luego esas manos sucias le echaron zumo de zanahorias directo a la garganta, la obligó a tragar y tras unas arcadas notó como el zumo iba avanzando lentamente hacia su estómago, espeso y tibio se abría paso por su cuerpo. Sintió más debilidad que antes, hubiese querido gritar, despedirlos, pero no podía hacer nada. ¡El médico había entrado!, ahora se iban a enterar éstos dos; el hombre la examinó y le dijo algo a Greta, luego meneó la cabeza y se fue. Ella se quedó dormida nuevamente.
Al abrir los ojos seguía en la misma situación, sin capacidad de moverse ni de hablar, se sentía húmeda, seguramente se había meado. La oscuridad le aterraba, escuchó ruidos provenientes del cuarto contiguo, del de Clarette, no pudo resistir despierta y sus párpados se cerraron otra vez.
Cuando despertó, Greta le metía zumo en la boca y ella lo escupió, la sirvienta se puso histérica, gritó cosas que Rose no entendía, entró Sam y le hizo beber el vaso entero. Estaba desesperada, intentó resistir despierta, pero no lo consiguió. Al espabilarse le aterrorizó la imágen de un sacerdote haciendo gestos de cruces sobre su cuerpo, intentó gritar, pero su lengua entumecida sólo le permitió que un hilo de voz rasgada escape. El cura se fue tras la extrema unción. Hizo fuerzas para levantarse, sus uñas se clavaron contra el colchón húmedo, el fuerte olor a pis le penetraba la nariz provocándole aún más náuseas de las que ya tenía, sus músculos estaban débiles y temblorosos, tanto que no le permitieron ningún movimiento. Las lágrimas brotaban de sus ojos rodando hacia las comisuras de su boca pero no podía llorar a gritos como hubiese deseado, poco a poco fue durmiéndose de nuevo.
Cuando volvió en sí Sam estaba a su lado, pero no había forma alguna para ella de comprender lo que él le decía, de repente y a su vez de forma lenta, ya no era Sam quién se dirigía a ella, sino Clarette, pero tampoco comprendía sus palabras. Rose parpadeó para aclararse un poco y con cada uno de sus pestañeos la imágen de su hermana se hacía mayor y más cercana, hasta que ésta le pidió: “Rose firma tu también ésta carta para Louise, él también te espera querida.” Rose se tranquilizó al escuchar la voz de su hermana, “Tengo miedo Clarette, tengo mucho miedo”, dijo mientras firmaba. La imágen de Clarette metamorfoseó en la cara risueña de Sam, le asustó aún más la mirada malévola del hombre, en realida hacía tiempo que les temía a sus criados. Sam le dijo algo que ella no comprendió, sólo vió como un almohadón blanco se acercaba lentamente hacia su rostro, nuevamente parpadeó y la imágen de Clarette se abalanzaba sobre ella, “Vamos a darle la carta juntas, hermanita”, dijo Clarette. Rose sintió como poco a poco su tráquea le dolía más y más, aspiraba con fuerza pero sus pulmones se hundían en su pecho vacíos de oxígeno, sus uñas se clavaron en las sábanas mojadas deformándole los dedos por la fuerza que realizaba para zafarse, sintió una fuerte presión en los ojos y un dolor punzante en el pecho, el almohadón cayó al piso, y antes de morir vió una mano sucia con un papel firmado que decía “testamento”.
Rose escribía mientras Clarette pintaba frente al porsche la imágen de Louise que jugaba al ajedrez más allá, a lo lejos se veían sus caballos correr por los campos de la familia.
Junto a la casa, había una vivienda más humilde y sencilla que habitaban sus caseros Greta y Sam, sus tareas consistían básicamente en mantener limpios los establos, cuidar de los jardines y los animales, preparar las comidas y cosas similares.
El invierno en que Louise murió de neumonía, sus hermanas, de fuerte temperamento, tomaron las riendas del hogar sin problemas, ejercieron así el papel de jefas de los peones que trabajaban en los campos y no perdieron ni un ápice de autoridad frente a sus criados Greta y Sam. Sus vidas realmente no se vieron afectadas por la ausencia de su hermano, en cambio cuando Clarette murió de una enfermedad que los médicos no lograron diagnósticar, Rose se encontró perdida, y con sus más de setenta años, estaba débil pero obstinada a continuar ella sola con la responsabilidad de matriarca solitaria que sentía le pertenecía. Siempre pensaba en sus largas conversaciones con Clarette acerca del misterio del más allá, y nunca olvidaría las últimas palabras de su hermana: “si hay algo más luego de ésto, te lo haré saber”. fueron para ella una promesa de reencuentro y la calmaban mucho cuando la extrañaba.
Greta y Sam nunca habían sentido verdadero cariño por sus patrones, pero habían trabajado en esos apartados campos durante más de la mitad de sus vidas, y si bien nunca vivieron como criados normales, ya que el dinero jamás había sido un problema para ellos, se sintieron defraudados cuando tras la muerte de Louise en su testamento sólo legaba a sus sirvientes la casita donde estaban y algunos campos.
Rose estaba en el porsche cuando escuchó el sonido de pasos en las escaleras que llevaban al segundo piso “¿Greta eres tú? ¿Sam?”, preguntó mientras se levantaba, los pasos cesaron. Encendió una vela y entró a la casa en silencio, parecía que allí no había nadie más que ella, y hasta donde tenía entendido, sus empleados en ese momento estaban aún limpiando las caballerizas, así que supuso que debían de ser imaginaciones suyas. Se sentó a bordar a la luz de un farolito de queroseno frente a la chimenea cuando nuevamente sintió el sonido de alguien caminando dentro de la casa, sintió un escalofrío en las vértebras y volteó para mirar las escaleras que a sus espaldas asomaban por el arco que separaba el salón del recibidor “¿Sam? ¿Greta?”, nadie respondió. El reloj de pie sonó ocho veces, se alegró al pensar que sus criados estarían pronto de vuelta para preparar la cena. Los pasos una vez más, hizo la pregunta nuevamente, y otra vez el silencio regresó a ella. Cogió su bastón y el farol, luego subió las escaleras, uno a uno los escalones se mostraban bajo la tenue luz y al llegar al último peldaño observó que la habitación que solía ocupar su hermana estaba abierta, Rose sólo pudo pensar en lo que Clarette le había dicho antes de morir. Avanzó por el pasillo en penumbras hasta la entrada del dormitorio, había un vestido sobre la cama, y retrocedió entre confusa y asustada, luego los pasos retumbaron nuevamente, ya un poco desesperada gritó “¡¿Quién anda ahí?!”, escuchó un extraño sonido, como un susurro en las escaleras, y se dirigió a ellas, no con el propósito de investigar, sino el de salir de la casa. Sus manos temblaban, y la desesperaba no poder ver más allá de lo que alumbraba su farolito, objeto al que se aferraba como si fuera lo único que le quedaba en el mundo, dió un paso, luego otro, quería mantener la calma pero arrebatada por la ansiedad avanzaba a toda velocidad, se sentía observada. Al llegar al último escalón vió una serpiente de cascabel, asustada intentó correr, pero resbaló y cayó por las escaleras.
Despertó en su cama, junto al médico de la familia “Qué susto nos ha dado Rose, tiene usted los huesos débiles y debe ir con más cuidado”, ella preguntó por la serpiente y el doctor la miró con un gesto de sorpresa en el rostro “No había ninguna serpiente, Sam estaba en la cocina cuando la escuchó gritar en la caída, no es bueno que entre en la habitación de su hermana, sé que es reciente su pérdida, pero quedarse entre las cosas de Clarette puede confundirla mucho, lo mejor es que descanse y ya verá como el tiempo cura las heridas”, Rose le explicó lo sucedido y el doctor, tras una silenciosa pausa le dijo que tras la pérdida de un ser querido es normal tener lagunas en los pensamientos y que a su edad –sin ánimos de ofender- lo era aún más. Greta entró en la habitación “Aquí le traigo un zumo señora, ¿se encuentra mejor?”, Rose estaba confundida “¿Dónde estaba usted cuando me caí? ¿y Sam? los he llamado repetidas veces”, preguntó de forma incisiva. “Yo estaba en las caballerizas, y Sam preparándole la cena, él no quiso molestarla cuando notó que usted estaba en el cuarto de Clarette, aunque como pasó bastante tiempo allí estaba preocupado”, repondió la mujer con tono cariñoso. “Bien yo debo irme”, dijo el médico, “Cuídese ¿vale? Greta tiene unos calmantes que le administrará para el dolor. Debe descansar”, le palmeó la mano y ambos salieron. Mientras bajaban, Greta le expresó lo preocupada que estaba por su ama, y el doctor, que conocía muy bien a la familia, le dió unos sedantes mientras le decía: “Ella nunca accedería a tomarlos, pero creo que el episodio que tuvo es una mezcla de dolor por la muerte inesperada de Clarette y demencia senil, ésto la tranquilizará, yo vendré a ver como sigue en dos días.” Greta le agradeció al hombre su ayuda y lo acompañó hasta la salida. Luego se dirigió a la cocina para hablar con Sam acerca de lo ocurrido.
Rose miró a su alrededor con espanto, le dolían mucho los brazos y el costado, y no lograba explicarse lo sucedido. En la mesa de noche el zumo de zanahorias junto a la campanilla que usaba para llamar a sus sirvientes le recordaron de alguna manera lo vieja y sola que se encontraba, explotó en llanto. Luego, para calmarse, bebió un poco de zumo y tras ello se sintió algo mareada, se quedó dormida. Despertó cuando era ya noche cerrada y la oscuridad le asustó bastante, entonces encendió una vela. Notó que la cena estaba sobre una mesita al costado de su cama, se enderezó y comió un poco, aunque la dejó aparte al advertir que estaba fría, vió que había calmantes junto a la bandeja, así que los tomó con más zumo de zanahorias. Se puso las zapatillas de cama y se dirigió con la vela en la mano hacia el lavabo, al salir al pasillo la oscuridad lo cubría todo, con excepción del radio de luz que provocaba la llama. Avanzó por la casa, sólo se oía el crujir de algunas maderas del suelo bajo sus pies. Todo parecía normal pero seguía percibiendo esa horrible sensación de unos ojos en su nuca. Entró al lavabo y orinó, luego puso la vela frente al espejo para lavarse las manos, sintió frío y al levantar la vista notó que algo pasaba por detrás de ella dibujándose como una sombra en el espejo, lanzó un grito ahogado y cogió la vela como si fuera un arma apuntándola en dirección a la bañera, pero en el brusco movimiento la llama se apagó, sintió pánico, un pánico irracional que nacía desde sus entrañas y la revolvía por dentro, fue hacia la puerta, pero no la encontró hasta varios intentos después, y al intentar abrirla sentía que alguien la cerraba por fuera, tirando hacia el lado opuesto. Quiso gritar pero no pudo, estaba segura de que no estaba sola en el lavabo e iba notando poco a poco como sus músculos se aflojaban cada vez más, estaba temblando y no conseguía abrir la puerta. De repente la puerta se abrió y ella cayó al pasillo, intentó levantarse pero no pudo, no veía nada y eso la desesperaba aún más, el agotamiento que sentía se apoderó de ella y se desvaneció. Abrió los ojos cuando Sam la tenía cogida por las piernas, ella no lograba establecer un contacto con la realidad, estaba mareada y veía borroso, tampoco podía escuchar con claridad las voces de quienes estaban allí, también había notado que alguien más la tenía levantada, ya que Sam le hablaba a una persona que la tenía sostenida por el torso. Reconoció el camino a su habitación, al pasar frente a la habitación de la difunta Clarette vió que la puerta estaba abierta y todo en su interior estaba revuelto. La pusieron en la cama, y se quedó dormida intentando entender lo que Sam decía. Despertó por la luz del sol en su cara, Greta estaba sentada a su lado. La miró y le preguntó que qué había sucedido. Greta le explicó que el médico acababa de irse y que había sufrido un desmayo en mitad de la noche. “¿Quién estuvo metiendo mano entre las cosas de Clarette Greta?.” “Usted señora mía”, dijo Greta con tono maternal, “¿Acaso no lo recuerda?.” “No es verdad, yo sólo fui al baño, alguien me dificultó abrir la puerta y caí.” “Señora Rose, en el baño había ropa de su hermana, ésta muy confusa, dijo el doctor que es normal que usted se olvide de ciertas cosas, lo llamó algo así como bloqueo emocional.” “Me duele la cabeza”, contestó Rose con tono exigente para disimular su confusión aún mayor al observar que el cuadro que estaba en su pared era uno distinto pero del mismo paisaje, que también había pintado Clarette. Prefirió no decir nada al respecto, bebió los calmantes que el médico le había prescripto, ordenó a Greta que se retirase y se quedó dormida tras una sensación de mareo.
Al despertar, lo primero que vió fue el rostro de Sam, intentó hablar pero no pudo, estaba muy mareada y no comprendía lo que decía el hombre. Greta entró en la habitación también, ambos sonreían y hablaban, pero ella no lograba entender. Sam se acercó, ella tuvo miedo, se sentía impotente, apenas podía racionalizar las cosas, y le resultaba imposible moverse, sentía sus miembros entumecidos y le dolía mucho la cabeza. Sintió como las manos de Sam le abrían la boca ejerciendo una fuerte presión sobre su mandíbula, le dolía mucho, luego esas manos sucias le echaron zumo de zanahorias directo a la garganta, la obligó a tragar y tras unas arcadas notó como el zumo iba avanzando lentamente hacia su estómago, espeso y tibio se abría paso por su cuerpo. Sintió más debilidad que antes, hubiese querido gritar, despedirlos, pero no podía hacer nada. ¡El médico había entrado!, ahora se iban a enterar éstos dos; el hombre la examinó y le dijo algo a Greta, luego meneó la cabeza y se fue. Ella se quedó dormida nuevamente.
Al abrir los ojos seguía en la misma situación, sin capacidad de moverse ni de hablar, se sentía húmeda, seguramente se había meado. La oscuridad le aterraba, escuchó ruidos provenientes del cuarto contiguo, del de Clarette, no pudo resistir despierta y sus párpados se cerraron otra vez.
Cuando despertó, Greta le metía zumo en la boca y ella lo escupió, la sirvienta se puso histérica, gritó cosas que Rose no entendía, entró Sam y le hizo beber el vaso entero. Estaba desesperada, intentó resistir despierta, pero no lo consiguió. Al espabilarse le aterrorizó la imágen de un sacerdote haciendo gestos de cruces sobre su cuerpo, intentó gritar, pero su lengua entumecida sólo le permitió que un hilo de voz rasgada escape. El cura se fue tras la extrema unción. Hizo fuerzas para levantarse, sus uñas se clavaron contra el colchón húmedo, el fuerte olor a pis le penetraba la nariz provocándole aún más náuseas de las que ya tenía, sus músculos estaban débiles y temblorosos, tanto que no le permitieron ningún movimiento. Las lágrimas brotaban de sus ojos rodando hacia las comisuras de su boca pero no podía llorar a gritos como hubiese deseado, poco a poco fue durmiéndose de nuevo.
Cuando volvió en sí Sam estaba a su lado, pero no había forma alguna para ella de comprender lo que él le decía, de repente y a su vez de forma lenta, ya no era Sam quién se dirigía a ella, sino Clarette, pero tampoco comprendía sus palabras. Rose parpadeó para aclararse un poco y con cada uno de sus pestañeos la imágen de su hermana se hacía mayor y más cercana, hasta que ésta le pidió: “Rose firma tu también ésta carta para Louise, él también te espera querida.” Rose se tranquilizó al escuchar la voz de su hermana, “Tengo miedo Clarette, tengo mucho miedo”, dijo mientras firmaba. La imágen de Clarette metamorfoseó en la cara risueña de Sam, le asustó aún más la mirada malévola del hombre, en realida hacía tiempo que les temía a sus criados. Sam le dijo algo que ella no comprendió, sólo vió como un almohadón blanco se acercaba lentamente hacia su rostro, nuevamente parpadeó y la imágen de Clarette se abalanzaba sobre ella, “Vamos a darle la carta juntas, hermanita”, dijo Clarette. Rose sintió como poco a poco su tráquea le dolía más y más, aspiraba con fuerza pero sus pulmones se hundían en su pecho vacíos de oxígeno, sus uñas se clavaron en las sábanas mojadas deformándole los dedos por la fuerza que realizaba para zafarse, sintió una fuerte presión en los ojos y un dolor punzante en el pecho, el almohadón cayó al piso, y antes de morir vió una mano sucia con un papel firmado que decía “testamento”.
Rose escribía mientras Clarette pintaba frente al porsche la imágen de Louise que jugaba al ajedrez más allá, a lo lejos se veían sus caballos correr por los campos de la familia.
El cuadro
Mis tías me besaban las mejillas entre las dos en la estación de San Justo, yo iba vestido con mis pantalones de fiesta marrones, mis zapatos recién lustrados y una camisa blanca, escuchaba cada consejo de mis tías como si fuesen éstos y no otros los pasos a seguir en la vida para tener éxito. Iría a pasar mis vacaciones a la capital en casa de abuela Isabel. Mis padres fueron personas que nunca conocí, pero ésta es otra historia. La estación se veía tranquila y los únicos que estabámos allí éramos nosotros y unos hombres comiendo un bocadillo junto al andén. Cuando comenzó a oírse el tren, mis tías se agitaron aún más (sí, esto era posible) y fueron soltando por turnos todo tipo de consejos y a veces alguna lágrima. Al llegar la hora de partir abracé a mis tías como un hombre que va hacia su destino, cogí mi maleta y subí al vagón más cercano.
El viaje fue bastante bueno, salvo porque no estaba acostumbrado con mis ocho años a ir sólo por ahí, y me sentía fuera de lugar, como un intruso, y a su vez como un adulto que debe controlar su situación, estaba orgulloso de mí, iría a la capital.
Al llegar a la estación del barrio de la Paternal, en Buenos Aires, vi a mi abuela sentada en un banco, bajé al andén y corrí hacia ella arrastrando la maleta torpemente. Estuvimos unos momentos abrazados mientras ella me decía lo grande y guapo que me encontraba.
La capital era inmensa, desde el taxi podía ver algunos edificios de, al menos, nueve pisos de altura, había humo, coches, muchísimos comercios, pensé que allí podría conseguir lo que se me ocurriese comprar sin caminar más de diez minutos, a pesar de que lo que buscase resultase en mi mente imposible de conseguir. Allí había mucho que explorar.
Al llegar a casa de abuela Isabel atravesamos un pasillo que se compartía con otros vecinos, era un pasillo largo y descubierto que lindaba con un edificio altísimo, al mirar hacia arriba uno sólo veía una pared amarilla interminable, y hacia el otro lado estaban las fachadas con sus plantas y puertas de vidrio de los propietarios de cada departamento de la vecindad.
La casa de abuela era la última, y la puerta de entrada era de hierro forjado color verde, al cruzarla había un patio grande por el cual podía accederse de forma separada a la cocina, el lavabo, un comedor y dos habitaciones; luego una escalera comunicaba al piso de arriba donde antaño había una terraza según mi abuela y ahora era la habitación de invitados con cocina propia y todo, aunque ella me cocinaría y yo no tendría nada de qué preocuparme.
Subimos las escaleras, me mostró el lugar correspondiente de cada cosa en el lavabo de mi habitación y acomodó mi maleta junto a la cama, tras ello me indicó que baje al comedor a tomar la merienda. Obedecí alegre, ya que tenía hambre, y pronto me encontré entrando en el salón, al principio nada obtuvo especialmente mi atención en ese lugar, la gran mesa de madera de cerezo junto a las sillas haciendo juego con sus fundas color rojo, un gran espejo que ocupaba toda una pared y que en sus marcos tenía grandes flores labradas, un mueble con muchísimas puertas que estaba por debajo del espejo y sostenía sobre él una cantidad importante de platos con dibujos, estatuitas de porcelana y algunas fotos antiguas. En una esquina el televisor sobre una mesita marrón y verde. Y al girar lo vi, un cuadro en la pared derecha del comedor, no tenía nada especial y sin embargo no podía dejar de mirarlo, la pintura no era realmente elaborada, tampoco parecía caro y ni siquiera tenía marco, en él había un niño retratado, con grandes ojos verdes y una mueca en el rostro que no lograba descifrar, éste niño estaba sentado sobre la rama de un árbol, de un árbol seco y sin hojas, por detrás era de noche, y la luna brillaba pequeña en el cielo, un río separaba el lugar donde estaba el árbol de una loma donde había una especie de mansión con algunas ventanas iluminadas. Eso era todo, ninguna escena interesante, nada que sea raro, y sin embargo pensé que ningún adulto permitiría a un niño ir a trepar árboles por la noche.
El olor a café con leche me arrancó de mis pensamientos, mi abuela había traído una bandeja repleta de magdalenas y dos grandes tazas pintadas con flores. Merendamos y hablamos mucho, mi abuela era experta en hacer preguntas sin parar. Más tarde fuimos a dar un paseo por el parque, recuerdo que ese primer día en casa de abuela Isabel me sentí muy a gusto.
Al día siguiente por la mañana abuela me llevó a conocer el centro de la capital, los enormes edificios llenos de paredes espejadas, los coches y las avenidas eran para mí como salidos de una historia futurista y fantástica. Comimos pizza en un lugar llamado “Babieca” que tenía un caballo dibujado en la puerta, y luego volvimos a la casa. Cerca de las tres de la tarde hacía demasiado calor como para hacer algo más que dormir la siesta, y así lo hicimos. Desperté un par de horas después con algo de hambre, al mirar mi reloj noté que ya era la hora de la merienda y bajé apurado las escaleras esperando mis magdalenas, pero al llegar al patio noté que no había nadie en casa, fui al comedor y vi una nota sobre la mesa, abuela había salido de compras y tardaría cerca de una hora en volver. Encendí el televisor en el salón y rebusqué en la nevera, encontré un poco de queso y zumo, y me senté a comer y a mirar dibujos animados. El televisor de repente comenzó a hacer interferencias y sentí un escalofrío en la espalda. Sin saber por qué giré hacia el cuadro y me quedé mirándolo, me di cuenta de que no quería darle la espalda pero no me explicaba la razón. El televisor recuperó su imagen de golpe, y tras ésto se apagó sólo. Tuve una sensación de miedo, y retrocedí hacia la puerta que daba al patio sin dejar de mirar el cuadro, repentinamente un golpe seco y metálico me sobresaltó, el televisor se encendió en el canal que estaba mirando y escuché a mi abuela diciendo “ya estoy en casa”.
Esa tarde luego de la merienda pedí un vaso más de leche y subí las escaleras feliz, la noche anterior había descubierto un gato negro que vagaba por los tejados que se había dejado acariciar, al subir me asomé por el ventanal que había en mi habitación y que daba a los techos del pulmón de la manzana. El gato seguía por ahí y se acercó a mí nuevamente, entonces le ofrecí el vaso de leche y bebió todo en menos de un minuto. Después se dejó coger en brazos y lo metí en la habitación hasta que escuché a la abuela anunciando la cena, entonces lo devolví a los tejados y bajé a comer. Si abuela se enteraba de que había metido un gato en casa probablemente se enfadaría ya que les tenía mucho miedo, aunque no lograba entender el por qué de su temor a los gatos y también a las tortugas.
En la tarde del día siguiente abuela me dijo que debía salir a ver a una amiga y que regresaría a casa para la cena. Me indicó que la merienda estaba en la cocina lista para ser devorada, y me preguntó si me encontraría bien, a lo que respondí que sí, aunque la verdad no me hacía mucha gracia quedarme sólo de nuevo en el caserón de abuela.
Subí a ver si estaba el gato y no lo encontré, así que le dejé leche y la ventana abierta para que se sienta invitado a pasar. Cogí mis dinosaurios de plástico y bajé al patio a jugar, era un combate difícil, los herbívoros contra los carnívoros en un duelo a muerte, los carnívoros tenían sus grandes dientes y garras, pero los herbívoros era más listos y tenían muchos trucos bajo la manga. Yo estaba absorto en la guerra que se había desatado en el patio mientras las horas pasaban e iba anocheciendo sin que me entere siquiera. En un momento dado escuché un sonido extraño proveniente de la casa, como una queja. Me paré y agudicé el oído, era un llanto y provenía del salón. Primero pensé que era el sonido de una casa vecina que se había colado y decidí que mejor no entraba a investigar, pero el quejido continuaba. De pronto recordé que había dejado la ventana abierta, seguro que era el gato que había entrado, y abuela estaba al llegar, si lo veía se liaría una gorda. Entré a buscarlo, en el salón no estaba y ya no se escuchaba el sollozo. Sentí como si me observaran, y me di cuenta de que la casa estaba a oscuras. Avancé llamando al gato, nadie respondía, al salir al patio escuché el sollozo nuevamente, pero al entrar al salón ya no se escuchaba nada. Subí a mi habitación corriendo y llamé al gatito, no respondió. Tenía miedo, encendí las luces de mi cuarto y me senté a esperar a que llegue mi abuela. Observé que la comida de “negrito” (así había bautizado al gato) estaba intacta, lo que significaba que no había ido por allí. Estaba preocupado y asustado. Decidí que lo mejor era distraerme, así que cogí mis legos y me puse a jugar con ellos. Escuché el llanto aún más fuerte que estando en el patio y me paré de un salto. Justo en ese momento apareció negrito en la ventana, me alegré muchísimo al verle y lo cogí en brazos, le conté lo que estaba sucediendo y sin soltarlo bajamos a investigar, ahora éramos dos, nada podía vencernos. Bajamos uno a uno los escalones sin dejar de escuchar la queja, que ya era obvio provenía del salón. Al llegar al patio “negrito” comenzó a erizar los pelos de su lomo, yo por mi parte tenía piel de pollo, y cuando intenté encender la luz no pude, parecía que se hubiese fundido la bombilla. El gato bufó como defendiéndose de algo y subió corriendo las escaleras, me sentí realmente vulnerable y temeroso. El llanto era cada vez más sonoro. Estaba a punto de explotar en llanto también mientras avanzaba hacia el salón a ver qué sucedía. Detrás de mí las luces del patio se encendieron repentinamente, giré agitado dando un salto, mi abuela había llegado, corrí aliviado a recibirla con un abrazo.
Esa noche subí a mi habitación, y dormí bastante, pero no descansé mucho, para empezar me había costado mucho conciliar el sueño y llegué a utilizar la vieja y desesperada táctica de contar ovejas que nunca funciona. Estaba prácticamente prensado bajo las sábanas y sentía muchísimo calor pero no quería destaparme, así me sentía más protegido. Esa noche soñé con una vecina de abuela que había conocido un día o dos después de llegar, ésta señora tenía muchos gatos y perros en casa, la llamaban Doña Ana y vivía junto a su esposo en una casa cercana que también visité el día en que la conocí mientras ella me decía que me había sostenido en brazos cuando era sólo un bebé. El sueño había sido más o menos así, ella lloraba junto a una mecedora que se movía sola bajo una luna llena y sus gatos estaban merodeando alrededor. Me desperté sudando y nervioso. En la oscuridad pude distinguir una silueta que reía muy bajito. En pánico encendí la luz, no había nadie, pero mis dinosaurios estaban todos desparramados por el suelo. Pasé el resto de la noche en vela.
Por la mañana, le conté a mi abuela lo sucedido mientras tomábamos el desayuno, incluyendo el raro sueño. Ella adjudicó todo a una mala digestión de la cena, y por unos instantes me interrogó sobre si había cogido dulces en su ausencia. Luego dijo que no me preocupase, que a mi edad ella también tenía mucha imaginación.
Ese verano fue muy caluroso, y abuela había puesto una piscina donde podía bañarme siempre y cuando hubiesen transcurrido al menos dos horas desde mi última comida. Durante la siesta de la abuela decidí bucear en busca de cuevas inexploradas bajo el agua. Y así me sumergí en la piscina con mi snorkel y mis antiparras, el sol se colaba a través del toldo verde manchando el agua con sus rayos aquí y allá, yo salía y entraba del agua entre algunos juguetes que iba arrojando para recogerlos del fondo y volver a comenzar, así de tranquilo me encontraba hasta que de un momento a otro el agua se heló, bajé al fondo de la piscina a buscar un juguete más cuando vi un niño flotando conmigo en el agua, un niño que parecía ahogado, su rostro estaba hinchado y verdoso, y su piel se veía tirante y gelatinosa, lanzé un grito de horror que sólo yo conseguí escuchar porque estaba aún bajo el agua y salí a la superficie respirando agitadamente, al mirar de nuevo comprobé no había nadie conmigo en la piscina. De todas formas salí de allí y me dirigí hacia mi habitación. Me sentía sólo y quería volver a casa, abuela no me creía y yo no me sentía seguro en ese lugar.
Al día siguiente pasamos todo el día fuera de la casa, fuimos a un jardín llamado “jardín botánico” que estaba repleto de plantas exóticas y a otro que quedaba muy cerca llamado “jardín japonés” en donde me quedé maravillado viendo peces del tamaño de mi brazo y de colores fortísimos sacando la cabeza del agua para coger la comida que la gente les arrojaba, ese lugar era hermoso, lleno de pequeños puentecitos de madera y lagos con más y más peces de colores. Comimos bocadillos, y abuela me compró un tiranousario enorme en una juguetería preciosa y llena de curiosidades que estaba cerca del puerto. Por la tarde recorrimos una feria de artesanos que se reunía todos los fines de semana en un parque. También cenamos fuera, en casa de la amiga de mi abuela con quien había soñado. Era una mujer muy amable y además de gatos tenía palomas, loros, dos perros y cotorras. Mi abuela procuró tomar todos los recaudos para que al comedor no entrase ningún gato, y lo consiguió. El esposo de doña Ana era un señor muy callado y jugó conmigo a las damas mientras se preparaba la cena. Luego de cenar salí a jugar a la galería con los animales, los perros me divertían mucho.
Cuando volvimos a casa me sentía más confiado y tranquilo, aunque esa noche tampoco dormí bien y volví a soñar con Doña Ana llorando junto a una silla mecedora de noche con sus gatos alrededor. El sueño me incomodaba mucho y me ponía nervioso. Bajé al comedor a buscar un vaso de leche, cosa que siempre me ayudaba a dormir. La casa estaba oscura, y atravesar el patio me dió bastante miedo, sentí un escalofrío en la espalda y giré, en la oscuridad distinguí una figura, me asusté mucho al ver que me saludaba. Quise gritar pero el temor me impidió hacerlo, en cambio un sonido ahogado salió de mi boca. La silueta comenzó a caminar hacia el salón y la perseguí cansado de asustarme. Al entrar no había nadie allí. No me animé a volver a mi habitación, fui a la cama de abuela y le dije que tenía pesadillas, ella me dejó dormir a su lado.
Por la mañana fui a investigar al salón, observé todo, revisé puertas y bajo los muebles, miré también en la habitación contigua, que antaño pertenecía a mi bisabuela y ahora era una especie de trastero. Nada. Volví al salón, ahora me detuve en el cuadro, observé el retrato y noté algo diferente en la cara del niño, una sonrisa que inspiraba desconfianza, una mueca mezcla de maldad y dolor en él. Pensé que ahora sí abuela me creería, pero cuando se lo dije, me pidió que dejase ya el tema, que el cuadro estaba igual, y a pesar de que insistí no conseguí que lo observe ni que se quede en casa en lugar de ir a hacer la compra.
Desayunaba cuando abuela entró a casa llorando, me explicó que se iría a ver a doña Ana, que su esposo había caído de una silla mecedora rompiéndose la cadera y había muerto. Le pedí que me llevase con ella pero en cambio me indicó que tenía una película de dibujos animados sobre el televisor y me explicó que era demasiado pequeño para ir a un lugar así. Luego de dejarme la comida lista salió diciéndome que volvería lo antes posible. El día estaba lluvioso y una tormenta se desató poco después de que abuela se vaya, parecía de noche a pesar de que era temprano, eso se debía al cielo encapotado. Me metí al comedor a ver la película, cogí unas magdalenas y mientras escuchaba caer la lluvia, traté de no pensar en lo ocurrido, en mis sueños raros, en el cuadro ni en nada más, y me esforcé en disfrutar viendo Peter Pan. Al cabo de unos momentos la tele comenzó a hacer interferencias otra vez, apagándose luego al mismo tiempo que las luces. Escuché unas risas que provenían del patio y se mezclaban con el sonido de la lluvia. Me puse las zapatillas y me levanté a espiar a través del ventanal de la puerta pero no se veía nada. Busqué el interruptor de la luz y lo presioné repetidas veces pero no funcionaba. Decidí atravesar el patio y salir de la casa, me daba igual estar en pijamas o que estuviese lloviendo a mares, ya no quería pasar un momento más en ese caserón. Escuché una risa detrás de mí y volteé a ver qué sucedía entre asustado y enfadado ya. En la oscuridad vi de nuevo la silueta que me saludaba, ésta vez se podía observar todo con más claridad y distinguí un niño parecido al del cuadro, cosa que me aterrorizó. Abrí la puerta y atravesé el patio corriendo pero caí debido a lo húmedo que estaba el suelo, me golpeé fuertemente la cabeza perdiendo el conocimiento. Desperté tirado en el patio bajo la lluvia y me incorporé lleno de terror mientras miraba confundido hacia los lados, de repente sentí una mano en mi hombro, sólo me atreví a mirar hacia el costado donde sentía que me tocaban, eran los dedos de un niño, luego escuché:- pudiste haber sido tú, pudo haber sido cualquiera. Tras ello perdí nuevamente el conocimiento.
Al despertar, miré hacia atrás de forma instintiva, vi un río que atravesaba un valle y detrás una casa con algunas luces encendidas, era de noche, temí lo peor, y al mirar hacia abajo noté que estaba sentado sobre la rama de un árbol, al levantar la vista me horrorizó verme a mí mismo mirando Peter Pan en el comedor de mi abuela, entendí lo que había sucedido en ese mismo instante, ahora era yo quién estaba encerrado en ese cuadro para siempre, podía ver todo desde lo alto del árbol, grité pero nadie respondió. El niño que miraba televisión giró hacia mí y sonrió.
*
Muchos años más tarde abuela entregó el cuadro a una asociación de búsqueda de gente desaparecida durante la dictadura militar argentina tras ver la noticia de que por cada niño que habían asesinado se había pintado un cuadro como el que ella tenía en su salón. Ahora lo único que puedo hacer es esperar a que algún día suceda algo que cambie mi suerte, tal vez haciéndose justicia por lo que sucedió, para quizá de esa forma recuperar la vida que perdí.
*
Durante la dictadura militar argentina (1976-1983) hubo 30000 personas desaparecidas de las cuales 500 eran niños, miles y miles de personas fueron asesinadas tras torturas y abusos, siendo enterradas en fosas como no identificados o sedados y arrojados al río dulce (Río de la plata). Muchos niños nacieron en el cautiverio de sus madres que fueron secuestradas embarazadas. Por testimonios de sobrevivientes, de médicos y de parteras, se sabe que las embarazadas secuestradas daban a luz amordazadas, con los ojos vendados, atadas de pies y manos, se les inducía el parto o se les practicaba cesáreas innecesarias. Luego del parto el bebé era separado de su madre y apropiado en la propia familia de los secuestradores, abandonados en casas de vecinos de los secuestrados o abandonados en orfanatos. Los que eran un poco mayores y podían conservar el recuerdo de sus familias eran separados inmediatamente de sus padres tras el secuestro y luego eran asesinados. Se tenía a las personas secuestradas por subversivas, y se creía que ésta condición se heredaba a través de la sangre, de padres a hijos. De todos esos niños sólo se han recuperado al día de hoy 86 jóvenes que ahora viven con sus verdaderos familiares. Aún hoy siguen sin ser juzgadas las personas que participaron de la dictadura torturando, matando y secuestrando personas inocentes.
El viaje fue bastante bueno, salvo porque no estaba acostumbrado con mis ocho años a ir sólo por ahí, y me sentía fuera de lugar, como un intruso, y a su vez como un adulto que debe controlar su situación, estaba orgulloso de mí, iría a la capital.
Al llegar a la estación del barrio de la Paternal, en Buenos Aires, vi a mi abuela sentada en un banco, bajé al andén y corrí hacia ella arrastrando la maleta torpemente. Estuvimos unos momentos abrazados mientras ella me decía lo grande y guapo que me encontraba.
La capital era inmensa, desde el taxi podía ver algunos edificios de, al menos, nueve pisos de altura, había humo, coches, muchísimos comercios, pensé que allí podría conseguir lo que se me ocurriese comprar sin caminar más de diez minutos, a pesar de que lo que buscase resultase en mi mente imposible de conseguir. Allí había mucho que explorar.
Al llegar a casa de abuela Isabel atravesamos un pasillo que se compartía con otros vecinos, era un pasillo largo y descubierto que lindaba con un edificio altísimo, al mirar hacia arriba uno sólo veía una pared amarilla interminable, y hacia el otro lado estaban las fachadas con sus plantas y puertas de vidrio de los propietarios de cada departamento de la vecindad.
La casa de abuela era la última, y la puerta de entrada era de hierro forjado color verde, al cruzarla había un patio grande por el cual podía accederse de forma separada a la cocina, el lavabo, un comedor y dos habitaciones; luego una escalera comunicaba al piso de arriba donde antaño había una terraza según mi abuela y ahora era la habitación de invitados con cocina propia y todo, aunque ella me cocinaría y yo no tendría nada de qué preocuparme.
Subimos las escaleras, me mostró el lugar correspondiente de cada cosa en el lavabo de mi habitación y acomodó mi maleta junto a la cama, tras ello me indicó que baje al comedor a tomar la merienda. Obedecí alegre, ya que tenía hambre, y pronto me encontré entrando en el salón, al principio nada obtuvo especialmente mi atención en ese lugar, la gran mesa de madera de cerezo junto a las sillas haciendo juego con sus fundas color rojo, un gran espejo que ocupaba toda una pared y que en sus marcos tenía grandes flores labradas, un mueble con muchísimas puertas que estaba por debajo del espejo y sostenía sobre él una cantidad importante de platos con dibujos, estatuitas de porcelana y algunas fotos antiguas. En una esquina el televisor sobre una mesita marrón y verde. Y al girar lo vi, un cuadro en la pared derecha del comedor, no tenía nada especial y sin embargo no podía dejar de mirarlo, la pintura no era realmente elaborada, tampoco parecía caro y ni siquiera tenía marco, en él había un niño retratado, con grandes ojos verdes y una mueca en el rostro que no lograba descifrar, éste niño estaba sentado sobre la rama de un árbol, de un árbol seco y sin hojas, por detrás era de noche, y la luna brillaba pequeña en el cielo, un río separaba el lugar donde estaba el árbol de una loma donde había una especie de mansión con algunas ventanas iluminadas. Eso era todo, ninguna escena interesante, nada que sea raro, y sin embargo pensé que ningún adulto permitiría a un niño ir a trepar árboles por la noche.
El olor a café con leche me arrancó de mis pensamientos, mi abuela había traído una bandeja repleta de magdalenas y dos grandes tazas pintadas con flores. Merendamos y hablamos mucho, mi abuela era experta en hacer preguntas sin parar. Más tarde fuimos a dar un paseo por el parque, recuerdo que ese primer día en casa de abuela Isabel me sentí muy a gusto.
Al día siguiente por la mañana abuela me llevó a conocer el centro de la capital, los enormes edificios llenos de paredes espejadas, los coches y las avenidas eran para mí como salidos de una historia futurista y fantástica. Comimos pizza en un lugar llamado “Babieca” que tenía un caballo dibujado en la puerta, y luego volvimos a la casa. Cerca de las tres de la tarde hacía demasiado calor como para hacer algo más que dormir la siesta, y así lo hicimos. Desperté un par de horas después con algo de hambre, al mirar mi reloj noté que ya era la hora de la merienda y bajé apurado las escaleras esperando mis magdalenas, pero al llegar al patio noté que no había nadie en casa, fui al comedor y vi una nota sobre la mesa, abuela había salido de compras y tardaría cerca de una hora en volver. Encendí el televisor en el salón y rebusqué en la nevera, encontré un poco de queso y zumo, y me senté a comer y a mirar dibujos animados. El televisor de repente comenzó a hacer interferencias y sentí un escalofrío en la espalda. Sin saber por qué giré hacia el cuadro y me quedé mirándolo, me di cuenta de que no quería darle la espalda pero no me explicaba la razón. El televisor recuperó su imagen de golpe, y tras ésto se apagó sólo. Tuve una sensación de miedo, y retrocedí hacia la puerta que daba al patio sin dejar de mirar el cuadro, repentinamente un golpe seco y metálico me sobresaltó, el televisor se encendió en el canal que estaba mirando y escuché a mi abuela diciendo “ya estoy en casa”.
Esa tarde luego de la merienda pedí un vaso más de leche y subí las escaleras feliz, la noche anterior había descubierto un gato negro que vagaba por los tejados que se había dejado acariciar, al subir me asomé por el ventanal que había en mi habitación y que daba a los techos del pulmón de la manzana. El gato seguía por ahí y se acercó a mí nuevamente, entonces le ofrecí el vaso de leche y bebió todo en menos de un minuto. Después se dejó coger en brazos y lo metí en la habitación hasta que escuché a la abuela anunciando la cena, entonces lo devolví a los tejados y bajé a comer. Si abuela se enteraba de que había metido un gato en casa probablemente se enfadaría ya que les tenía mucho miedo, aunque no lograba entender el por qué de su temor a los gatos y también a las tortugas.
En la tarde del día siguiente abuela me dijo que debía salir a ver a una amiga y que regresaría a casa para la cena. Me indicó que la merienda estaba en la cocina lista para ser devorada, y me preguntó si me encontraría bien, a lo que respondí que sí, aunque la verdad no me hacía mucha gracia quedarme sólo de nuevo en el caserón de abuela.
Subí a ver si estaba el gato y no lo encontré, así que le dejé leche y la ventana abierta para que se sienta invitado a pasar. Cogí mis dinosaurios de plástico y bajé al patio a jugar, era un combate difícil, los herbívoros contra los carnívoros en un duelo a muerte, los carnívoros tenían sus grandes dientes y garras, pero los herbívoros era más listos y tenían muchos trucos bajo la manga. Yo estaba absorto en la guerra que se había desatado en el patio mientras las horas pasaban e iba anocheciendo sin que me entere siquiera. En un momento dado escuché un sonido extraño proveniente de la casa, como una queja. Me paré y agudicé el oído, era un llanto y provenía del salón. Primero pensé que era el sonido de una casa vecina que se había colado y decidí que mejor no entraba a investigar, pero el quejido continuaba. De pronto recordé que había dejado la ventana abierta, seguro que era el gato que había entrado, y abuela estaba al llegar, si lo veía se liaría una gorda. Entré a buscarlo, en el salón no estaba y ya no se escuchaba el sollozo. Sentí como si me observaran, y me di cuenta de que la casa estaba a oscuras. Avancé llamando al gato, nadie respondía, al salir al patio escuché el sollozo nuevamente, pero al entrar al salón ya no se escuchaba nada. Subí a mi habitación corriendo y llamé al gatito, no respondió. Tenía miedo, encendí las luces de mi cuarto y me senté a esperar a que llegue mi abuela. Observé que la comida de “negrito” (así había bautizado al gato) estaba intacta, lo que significaba que no había ido por allí. Estaba preocupado y asustado. Decidí que lo mejor era distraerme, así que cogí mis legos y me puse a jugar con ellos. Escuché el llanto aún más fuerte que estando en el patio y me paré de un salto. Justo en ese momento apareció negrito en la ventana, me alegré muchísimo al verle y lo cogí en brazos, le conté lo que estaba sucediendo y sin soltarlo bajamos a investigar, ahora éramos dos, nada podía vencernos. Bajamos uno a uno los escalones sin dejar de escuchar la queja, que ya era obvio provenía del salón. Al llegar al patio “negrito” comenzó a erizar los pelos de su lomo, yo por mi parte tenía piel de pollo, y cuando intenté encender la luz no pude, parecía que se hubiese fundido la bombilla. El gato bufó como defendiéndose de algo y subió corriendo las escaleras, me sentí realmente vulnerable y temeroso. El llanto era cada vez más sonoro. Estaba a punto de explotar en llanto también mientras avanzaba hacia el salón a ver qué sucedía. Detrás de mí las luces del patio se encendieron repentinamente, giré agitado dando un salto, mi abuela había llegado, corrí aliviado a recibirla con un abrazo.
Esa noche subí a mi habitación, y dormí bastante, pero no descansé mucho, para empezar me había costado mucho conciliar el sueño y llegué a utilizar la vieja y desesperada táctica de contar ovejas que nunca funciona. Estaba prácticamente prensado bajo las sábanas y sentía muchísimo calor pero no quería destaparme, así me sentía más protegido. Esa noche soñé con una vecina de abuela que había conocido un día o dos después de llegar, ésta señora tenía muchos gatos y perros en casa, la llamaban Doña Ana y vivía junto a su esposo en una casa cercana que también visité el día en que la conocí mientras ella me decía que me había sostenido en brazos cuando era sólo un bebé. El sueño había sido más o menos así, ella lloraba junto a una mecedora que se movía sola bajo una luna llena y sus gatos estaban merodeando alrededor. Me desperté sudando y nervioso. En la oscuridad pude distinguir una silueta que reía muy bajito. En pánico encendí la luz, no había nadie, pero mis dinosaurios estaban todos desparramados por el suelo. Pasé el resto de la noche en vela.
Por la mañana, le conté a mi abuela lo sucedido mientras tomábamos el desayuno, incluyendo el raro sueño. Ella adjudicó todo a una mala digestión de la cena, y por unos instantes me interrogó sobre si había cogido dulces en su ausencia. Luego dijo que no me preocupase, que a mi edad ella también tenía mucha imaginación.
Ese verano fue muy caluroso, y abuela había puesto una piscina donde podía bañarme siempre y cuando hubiesen transcurrido al menos dos horas desde mi última comida. Durante la siesta de la abuela decidí bucear en busca de cuevas inexploradas bajo el agua. Y así me sumergí en la piscina con mi snorkel y mis antiparras, el sol se colaba a través del toldo verde manchando el agua con sus rayos aquí y allá, yo salía y entraba del agua entre algunos juguetes que iba arrojando para recogerlos del fondo y volver a comenzar, así de tranquilo me encontraba hasta que de un momento a otro el agua se heló, bajé al fondo de la piscina a buscar un juguete más cuando vi un niño flotando conmigo en el agua, un niño que parecía ahogado, su rostro estaba hinchado y verdoso, y su piel se veía tirante y gelatinosa, lanzé un grito de horror que sólo yo conseguí escuchar porque estaba aún bajo el agua y salí a la superficie respirando agitadamente, al mirar de nuevo comprobé no había nadie conmigo en la piscina. De todas formas salí de allí y me dirigí hacia mi habitación. Me sentía sólo y quería volver a casa, abuela no me creía y yo no me sentía seguro en ese lugar.
Al día siguiente pasamos todo el día fuera de la casa, fuimos a un jardín llamado “jardín botánico” que estaba repleto de plantas exóticas y a otro que quedaba muy cerca llamado “jardín japonés” en donde me quedé maravillado viendo peces del tamaño de mi brazo y de colores fortísimos sacando la cabeza del agua para coger la comida que la gente les arrojaba, ese lugar era hermoso, lleno de pequeños puentecitos de madera y lagos con más y más peces de colores. Comimos bocadillos, y abuela me compró un tiranousario enorme en una juguetería preciosa y llena de curiosidades que estaba cerca del puerto. Por la tarde recorrimos una feria de artesanos que se reunía todos los fines de semana en un parque. También cenamos fuera, en casa de la amiga de mi abuela con quien había soñado. Era una mujer muy amable y además de gatos tenía palomas, loros, dos perros y cotorras. Mi abuela procuró tomar todos los recaudos para que al comedor no entrase ningún gato, y lo consiguió. El esposo de doña Ana era un señor muy callado y jugó conmigo a las damas mientras se preparaba la cena. Luego de cenar salí a jugar a la galería con los animales, los perros me divertían mucho.
Cuando volvimos a casa me sentía más confiado y tranquilo, aunque esa noche tampoco dormí bien y volví a soñar con Doña Ana llorando junto a una silla mecedora de noche con sus gatos alrededor. El sueño me incomodaba mucho y me ponía nervioso. Bajé al comedor a buscar un vaso de leche, cosa que siempre me ayudaba a dormir. La casa estaba oscura, y atravesar el patio me dió bastante miedo, sentí un escalofrío en la espalda y giré, en la oscuridad distinguí una figura, me asusté mucho al ver que me saludaba. Quise gritar pero el temor me impidió hacerlo, en cambio un sonido ahogado salió de mi boca. La silueta comenzó a caminar hacia el salón y la perseguí cansado de asustarme. Al entrar no había nadie allí. No me animé a volver a mi habitación, fui a la cama de abuela y le dije que tenía pesadillas, ella me dejó dormir a su lado.
Por la mañana fui a investigar al salón, observé todo, revisé puertas y bajo los muebles, miré también en la habitación contigua, que antaño pertenecía a mi bisabuela y ahora era una especie de trastero. Nada. Volví al salón, ahora me detuve en el cuadro, observé el retrato y noté algo diferente en la cara del niño, una sonrisa que inspiraba desconfianza, una mueca mezcla de maldad y dolor en él. Pensé que ahora sí abuela me creería, pero cuando se lo dije, me pidió que dejase ya el tema, que el cuadro estaba igual, y a pesar de que insistí no conseguí que lo observe ni que se quede en casa en lugar de ir a hacer la compra.
Desayunaba cuando abuela entró a casa llorando, me explicó que se iría a ver a doña Ana, que su esposo había caído de una silla mecedora rompiéndose la cadera y había muerto. Le pedí que me llevase con ella pero en cambio me indicó que tenía una película de dibujos animados sobre el televisor y me explicó que era demasiado pequeño para ir a un lugar así. Luego de dejarme la comida lista salió diciéndome que volvería lo antes posible. El día estaba lluvioso y una tormenta se desató poco después de que abuela se vaya, parecía de noche a pesar de que era temprano, eso se debía al cielo encapotado. Me metí al comedor a ver la película, cogí unas magdalenas y mientras escuchaba caer la lluvia, traté de no pensar en lo ocurrido, en mis sueños raros, en el cuadro ni en nada más, y me esforcé en disfrutar viendo Peter Pan. Al cabo de unos momentos la tele comenzó a hacer interferencias otra vez, apagándose luego al mismo tiempo que las luces. Escuché unas risas que provenían del patio y se mezclaban con el sonido de la lluvia. Me puse las zapatillas y me levanté a espiar a través del ventanal de la puerta pero no se veía nada. Busqué el interruptor de la luz y lo presioné repetidas veces pero no funcionaba. Decidí atravesar el patio y salir de la casa, me daba igual estar en pijamas o que estuviese lloviendo a mares, ya no quería pasar un momento más en ese caserón. Escuché una risa detrás de mí y volteé a ver qué sucedía entre asustado y enfadado ya. En la oscuridad vi de nuevo la silueta que me saludaba, ésta vez se podía observar todo con más claridad y distinguí un niño parecido al del cuadro, cosa que me aterrorizó. Abrí la puerta y atravesé el patio corriendo pero caí debido a lo húmedo que estaba el suelo, me golpeé fuertemente la cabeza perdiendo el conocimiento. Desperté tirado en el patio bajo la lluvia y me incorporé lleno de terror mientras miraba confundido hacia los lados, de repente sentí una mano en mi hombro, sólo me atreví a mirar hacia el costado donde sentía que me tocaban, eran los dedos de un niño, luego escuché:- pudiste haber sido tú, pudo haber sido cualquiera. Tras ello perdí nuevamente el conocimiento.
Al despertar, miré hacia atrás de forma instintiva, vi un río que atravesaba un valle y detrás una casa con algunas luces encendidas, era de noche, temí lo peor, y al mirar hacia abajo noté que estaba sentado sobre la rama de un árbol, al levantar la vista me horrorizó verme a mí mismo mirando Peter Pan en el comedor de mi abuela, entendí lo que había sucedido en ese mismo instante, ahora era yo quién estaba encerrado en ese cuadro para siempre, podía ver todo desde lo alto del árbol, grité pero nadie respondió. El niño que miraba televisión giró hacia mí y sonrió.
*
Muchos años más tarde abuela entregó el cuadro a una asociación de búsqueda de gente desaparecida durante la dictadura militar argentina tras ver la noticia de que por cada niño que habían asesinado se había pintado un cuadro como el que ella tenía en su salón. Ahora lo único que puedo hacer es esperar a que algún día suceda algo que cambie mi suerte, tal vez haciéndose justicia por lo que sucedió, para quizá de esa forma recuperar la vida que perdí.
*
Durante la dictadura militar argentina (1976-1983) hubo 30000 personas desaparecidas de las cuales 500 eran niños, miles y miles de personas fueron asesinadas tras torturas y abusos, siendo enterradas en fosas como no identificados o sedados y arrojados al río dulce (Río de la plata). Muchos niños nacieron en el cautiverio de sus madres que fueron secuestradas embarazadas. Por testimonios de sobrevivientes, de médicos y de parteras, se sabe que las embarazadas secuestradas daban a luz amordazadas, con los ojos vendados, atadas de pies y manos, se les inducía el parto o se les practicaba cesáreas innecesarias. Luego del parto el bebé era separado de su madre y apropiado en la propia familia de los secuestradores, abandonados en casas de vecinos de los secuestrados o abandonados en orfanatos. Los que eran un poco mayores y podían conservar el recuerdo de sus familias eran separados inmediatamente de sus padres tras el secuestro y luego eran asesinados. Se tenía a las personas secuestradas por subversivas, y se creía que ésta condición se heredaba a través de la sangre, de padres a hijos. De todos esos niños sólo se han recuperado al día de hoy 86 jóvenes que ahora viven con sus verdaderos familiares. Aún hoy siguen sin ser juzgadas las personas que participaron de la dictadura torturando, matando y secuestrando personas inocentes.
Comando Tempus
Les gustaba flipar a la gente, eso es lo que hacían para vivir y la verdad es que no les iba muy mal.
Baltazar caminaba por la estación de metro poniéndose un casco plateado, a su lado Felipe avanzaba con una especie de radar en la mano, vestido con algo que parecía ser un traje de buceo de color blanco, unos guantes plateados igual que su casco y unas gafas espejadas, detrás Candelaria vestida igual y con un paraguas en una mano, también plateado y una especie de transmisor en la otra. Así entraron al metro y comenzaron a correr por los vagones observando hacia todos lados mientras Baltazar gritaba:-Busquen la raja en el tiempo, busquen la entrada.-
La gente les observaba perpleja, algo atónita, siempre había alguien que reaccionaba mal, en especial los ancianos. Un joven se acercó y le preguntó a Candelaria que quienes eran. Ella respondió:-venimos del futuro, somos el comando especial Tempus y buscamos una falla en el espacio tiempo para regresar.- Tras esto continuaron corriendo y buscando algo que casi todos los pasajeros terminaron buscando también, aunque claro que todos lo hacían de forma disimulada. Nadie tenía claro qué pasaba ni qué hacían esos tres así vestidos buscando una rotura en el tiempo dentro del metro. Antes de llegar a la siguiente estación Felipe se sacó el casco, hizo una gran reverencia a la gente y comenzó a pasar el sombrero mientras Candelaria agradecía que les den una donación para continuar en su búsqueda del túnel del tiempo, tras esto bajaron del vagón.
Les encantaba armar diferentes actos surreales con los que hacer que la gente salga de su realidad para creer que existía otra paralela a ésta al menos por un segundo, y ellos tres las vivían todas de forma protagónica.
Esa tarde tras varias presentaciones se fueron a casa, vivían en un camping, iban y volvían en motocicleta y allí al aire libre diseñaban sus nuevas ideas para el día siguiente. Siempre juntos los tres, nunca se habían separado, habían crecido juntos en un orfanato y nadie les había adoptado porque siempre que les separaban comenzaban a actuar como desquiciados hasta que los devolvían al hogar de niños, la culpa de su forma de ser la tenían sus dos maestros, que siempre habían estimulado sus personalidades bohemias comprendiendo que ellos ya tenían familia porque se tenían mutuamente. Al terminar su estancia allí viajaron durante un tiempo vendiendo artesanías hasta que descubrieron que vivir era mucho más fácil que lo que la gente de traje y corbata creía, se sentían enjaulados en la ciudad viviendo dentro de una oficina, alguna vez intentaron adaptarse, pero finalmente crearon su propia realidad feliz y cotidiana, y era la que vivían desde entonces.
Habían hecho casi todo lo que se les había cruzado por la mente, una vez entraron al metro corriendo en ropa interior y bata, enjabonados como recién salidos de la ducha mientras insistían en que si alguien podía prestarles el baño porque les habían cortado el agua por impago. Con lo que ganaron en esa actuación se pudieron comprar una carpa más grande donde vivir. En otra ocasión Candelaria actuó de novia fugitiva mientras los chicos corrían tras ella exigiendo que vuelva al altar con ellos y que elija a uno de los dos. Y así sucedieron muchísimas otras situaciones surrealistas que para quien viaja en metro a las 8 de la mañana para ir al trabajo pueden llegar a ser incluso creíbles. Ellos estaban convencidos de que la gente estaba dormida y necesitaba ser despertada al menos un momento por un sacudón, pero nunca hasta ahora lo habían conseguido más que por un mínimo espacio de unos segundos, y en cada mirada era posible descubrir que de alguna forma los pasajeros anhelaban esa libertad y ese desapego desvergonzado que los tres actores demostraban tener hacia la sociedad convencional.
Baltazar propuso esa noche hacer algo en plan matrix, y pelear en el metro con seres invisibles, aunque Felipe quiso agregarle a ésto espadas láser o algo así ya que era bastante fanático de Star Wars, pero Candelaria mostrándose ahorrativa insistió en que podrían reciclar algunos disfraces y que comprar espadas láser sería algo inaccesible para ellos. Así entraron al metro, vestidos de negro y haciendo piruetas y coreografías tan dignas de un mimo profesional que parecía que luchaban realmente contra seres invisibles. Al abrirse la puerta del vagón Candelaria entró gritando “¡No conquistarán nuestro mundo malditos monstruos capitalistas!” mientras luchaba entre patadas karatekas contra alguien que de alguna forma terminó por estrangularla, así cayó al suelo. Detrás Baltazar se daba a la fuga de un ser invisible que lo cogió por el hombro y lo tiró al suelo. Mientras ellos dos luchaban de forma histérica entró Felipe y pateó a quien atacaba a Candelaria salvándole el cuello pero en medio alguien lo cogió por detrás y comenzaron a pelear frente a un anciano que se mostró indignado y sorprendido a la vez. Tras ello una mujer intentó ayudar a Candelaria que volvía a ser estrangulada por el maldito monstruo capitalista. Felipe grió “¡Son muy fuertes, ésto es muy raro, vámonos, huyamos!!!!”. Pero ni Candelaria ni Baltazar que en ese momento estaba tirado en el suelo con alguien encima que le hacía una llave le respondieron. Pasaron así luchando de vagón en vagón tres estaciones y ninguno se detenía a pasar el gorro y pedir la colaboración. Una mujer que los seguía de cerca comenzó a comentar que el morenito se estaba poniendo pálido, la gente los observaba sorprendidos y nadie comprendía la situación. Candelaria cogió a un hombre por el brazo y le pidió ayuda, pero éste sacudió su hombro para liberarse de ella y se limpió luego la camisa, tras ésto en un gesto incómodo se acomodó la corbata. A él esas chorradas no le iban, él estaba listo para ir a su reunión de empresa y esos jóvenes raritos obstaculizaban su concentración.
Felipe chocó contra una pared lastimándose de verdad, pero la gente continuaba estupefacta y sin reacción, la mujer comenzó a alterarse más y más diciendo que quizá iban drogados y había que ayudarles. De repente una anciana chilló y saltó sangre de su cara, pero no tenía a nadie cerca, y una niña señalándola dijo que el señor invisible le había dado a la vieja, mientras su madre cabreada la corregía por llamar a la mujer mayor de esa manera. Con Felipe desmayado y Baltazar azul porque una llave lo ahogaba sólo quedaba Candelaria sobreviviendo al monstruo capitalista, y ella no se daba por vencida mientras luchaba sin cesar, se estiró en un intento de ayudar a Baltazar pero entonces dos hombres invisibles más la cogieron por los brazos y el tercero le destrozaba el estómago a golpes. La gente comenzó a reaccionar cuando una mujer gritó que uno de los chicos no tenía pulso. Entonces casi todos entraron en pánico mientras la sangre brotaba a borbotones de la boca de Candelaria que se mantenía en el aire como sostenida por dos matones. En la siguiente estación las puertas se abrieron y al mismo tiempo en que toda la gente bajaba corriendo en pánico, los guardias de seguridad del metro intentaban entrar vanamente porque las puertas se cerraron, dentro del vagón los cuerpos sin vida de Felipe, Baltazar y Candelaria yacían en el suelo retorcidos entre manchas de sangre. La empresa de transporte prefirió mantener en secreto el caso, que trascendió como una pelea callejera entre tres jóvenes en las noticias de las nueve. Tras una semana nadie más habló del asunto.
Baltazar caminaba por la estación de metro poniéndose un casco plateado, a su lado Felipe avanzaba con una especie de radar en la mano, vestido con algo que parecía ser un traje de buceo de color blanco, unos guantes plateados igual que su casco y unas gafas espejadas, detrás Candelaria vestida igual y con un paraguas en una mano, también plateado y una especie de transmisor en la otra. Así entraron al metro y comenzaron a correr por los vagones observando hacia todos lados mientras Baltazar gritaba:-Busquen la raja en el tiempo, busquen la entrada.-
La gente les observaba perpleja, algo atónita, siempre había alguien que reaccionaba mal, en especial los ancianos. Un joven se acercó y le preguntó a Candelaria que quienes eran. Ella respondió:-venimos del futuro, somos el comando especial Tempus y buscamos una falla en el espacio tiempo para regresar.- Tras esto continuaron corriendo y buscando algo que casi todos los pasajeros terminaron buscando también, aunque claro que todos lo hacían de forma disimulada. Nadie tenía claro qué pasaba ni qué hacían esos tres así vestidos buscando una rotura en el tiempo dentro del metro. Antes de llegar a la siguiente estación Felipe se sacó el casco, hizo una gran reverencia a la gente y comenzó a pasar el sombrero mientras Candelaria agradecía que les den una donación para continuar en su búsqueda del túnel del tiempo, tras esto bajaron del vagón.
Les encantaba armar diferentes actos surreales con los que hacer que la gente salga de su realidad para creer que existía otra paralela a ésta al menos por un segundo, y ellos tres las vivían todas de forma protagónica.
Esa tarde tras varias presentaciones se fueron a casa, vivían en un camping, iban y volvían en motocicleta y allí al aire libre diseñaban sus nuevas ideas para el día siguiente. Siempre juntos los tres, nunca se habían separado, habían crecido juntos en un orfanato y nadie les había adoptado porque siempre que les separaban comenzaban a actuar como desquiciados hasta que los devolvían al hogar de niños, la culpa de su forma de ser la tenían sus dos maestros, que siempre habían estimulado sus personalidades bohemias comprendiendo que ellos ya tenían familia porque se tenían mutuamente. Al terminar su estancia allí viajaron durante un tiempo vendiendo artesanías hasta que descubrieron que vivir era mucho más fácil que lo que la gente de traje y corbata creía, se sentían enjaulados en la ciudad viviendo dentro de una oficina, alguna vez intentaron adaptarse, pero finalmente crearon su propia realidad feliz y cotidiana, y era la que vivían desde entonces.
Habían hecho casi todo lo que se les había cruzado por la mente, una vez entraron al metro corriendo en ropa interior y bata, enjabonados como recién salidos de la ducha mientras insistían en que si alguien podía prestarles el baño porque les habían cortado el agua por impago. Con lo que ganaron en esa actuación se pudieron comprar una carpa más grande donde vivir. En otra ocasión Candelaria actuó de novia fugitiva mientras los chicos corrían tras ella exigiendo que vuelva al altar con ellos y que elija a uno de los dos. Y así sucedieron muchísimas otras situaciones surrealistas que para quien viaja en metro a las 8 de la mañana para ir al trabajo pueden llegar a ser incluso creíbles. Ellos estaban convencidos de que la gente estaba dormida y necesitaba ser despertada al menos un momento por un sacudón, pero nunca hasta ahora lo habían conseguido más que por un mínimo espacio de unos segundos, y en cada mirada era posible descubrir que de alguna forma los pasajeros anhelaban esa libertad y ese desapego desvergonzado que los tres actores demostraban tener hacia la sociedad convencional.
Baltazar propuso esa noche hacer algo en plan matrix, y pelear en el metro con seres invisibles, aunque Felipe quiso agregarle a ésto espadas láser o algo así ya que era bastante fanático de Star Wars, pero Candelaria mostrándose ahorrativa insistió en que podrían reciclar algunos disfraces y que comprar espadas láser sería algo inaccesible para ellos. Así entraron al metro, vestidos de negro y haciendo piruetas y coreografías tan dignas de un mimo profesional que parecía que luchaban realmente contra seres invisibles. Al abrirse la puerta del vagón Candelaria entró gritando “¡No conquistarán nuestro mundo malditos monstruos capitalistas!” mientras luchaba entre patadas karatekas contra alguien que de alguna forma terminó por estrangularla, así cayó al suelo. Detrás Baltazar se daba a la fuga de un ser invisible que lo cogió por el hombro y lo tiró al suelo. Mientras ellos dos luchaban de forma histérica entró Felipe y pateó a quien atacaba a Candelaria salvándole el cuello pero en medio alguien lo cogió por detrás y comenzaron a pelear frente a un anciano que se mostró indignado y sorprendido a la vez. Tras ello una mujer intentó ayudar a Candelaria que volvía a ser estrangulada por el maldito monstruo capitalista. Felipe grió “¡Son muy fuertes, ésto es muy raro, vámonos, huyamos!!!!”. Pero ni Candelaria ni Baltazar que en ese momento estaba tirado en el suelo con alguien encima que le hacía una llave le respondieron. Pasaron así luchando de vagón en vagón tres estaciones y ninguno se detenía a pasar el gorro y pedir la colaboración. Una mujer que los seguía de cerca comenzó a comentar que el morenito se estaba poniendo pálido, la gente los observaba sorprendidos y nadie comprendía la situación. Candelaria cogió a un hombre por el brazo y le pidió ayuda, pero éste sacudió su hombro para liberarse de ella y se limpió luego la camisa, tras ésto en un gesto incómodo se acomodó la corbata. A él esas chorradas no le iban, él estaba listo para ir a su reunión de empresa y esos jóvenes raritos obstaculizaban su concentración.
Felipe chocó contra una pared lastimándose de verdad, pero la gente continuaba estupefacta y sin reacción, la mujer comenzó a alterarse más y más diciendo que quizá iban drogados y había que ayudarles. De repente una anciana chilló y saltó sangre de su cara, pero no tenía a nadie cerca, y una niña señalándola dijo que el señor invisible le había dado a la vieja, mientras su madre cabreada la corregía por llamar a la mujer mayor de esa manera. Con Felipe desmayado y Baltazar azul porque una llave lo ahogaba sólo quedaba Candelaria sobreviviendo al monstruo capitalista, y ella no se daba por vencida mientras luchaba sin cesar, se estiró en un intento de ayudar a Baltazar pero entonces dos hombres invisibles más la cogieron por los brazos y el tercero le destrozaba el estómago a golpes. La gente comenzó a reaccionar cuando una mujer gritó que uno de los chicos no tenía pulso. Entonces casi todos entraron en pánico mientras la sangre brotaba a borbotones de la boca de Candelaria que se mantenía en el aire como sostenida por dos matones. En la siguiente estación las puertas se abrieron y al mismo tiempo en que toda la gente bajaba corriendo en pánico, los guardias de seguridad del metro intentaban entrar vanamente porque las puertas se cerraron, dentro del vagón los cuerpos sin vida de Felipe, Baltazar y Candelaria yacían en el suelo retorcidos entre manchas de sangre. La empresa de transporte prefirió mantener en secreto el caso, que trascendió como una pelea callejera entre tres jóvenes en las noticias de las nueve. Tras una semana nadie más habló del asunto.
Las Matrioskas
Todo comenzó con unas muñecas rusas, de esas que se abren en dos y se van metiendo una dentro de otra. El estaba en el anticuario cuando ella entró, la vio radiante, ella preguntó si tenían matrioskas, a lo que el vendedor respondió que sí, el hombre, alto y con un bigote que daba el aspecto de no haber sido afeitado en décadas, sacó de un cajón una muñeca enorme de madera y la dividió en dos y de ésta salió otra, y así repitió la operación siete veces. Ella sonrió al verlas y le solicitó al hombre que las envolviese tras pagarlas. Juan, que estaba observando en la distancia la belleza de esa mujer metida en un vestido rojo de tafetán se acercó y le dijo:- son unas muñecas muy bonitas y originales, casi tanto como usted, déjeme pagarlas, por favor, me gustaría que sean un regalo de mi parte.-. Ella lo miró sorprendida por un segundo, y al siguiente asintió con la cabeza. Esa misma tarde se besaron tras un café y media hora de conversación. Ella se llamaba Isabela y según lo que Juan creía, era la mujer más preciosa y dulce que nunca había visto. Claro que luego de casarse y tras dos años de convivencia, a pesar de opinar lo mismo sobre su belleza, ya no pensaba igual acerca de su dulzura. Eran raras las ocasiones en que Isabela le brindaba un gesto de cariño, pero Juan jamás se rendía, cuanto más rechazo sentía ella por Juan, él más se empeñaba en adorarla. Juan tenía una pequeña tienda de filatelia en la calle principal del pueblo donde vivían juntos. Isabela se dedicaba a ser mujer, y según su definición ésto consistía en mantenerse guapa y poner cosas inútiles pero decorativas en la casa, además de cuidar del jardín y preparar exóticas recetas que conseguía en libros que hablaban de sitios que jamás había siquiera pisado.
Una noche tras llegar del trabajo, Juan se acercó a Isabela y la cogió por la cintura, ella asintió el gesto cogiéndole los brazos y pegando su espalda a él, luego de varios meses vacíos al fin, hicieron el amor, como dos adolescentes, como si estuvieran unidos y compenetrados como pareja, esa fue la primera vez que Juan sintió que abría a su muñeca rusa de carne y hueso, y de ella salía otra, más buena, más dulce, más humana. Al día siguiente esa muñeca que Juan había descubierto la noche anterior dentro de su mujer ya se había metido de nuevo en el cuerpo frío de Isabela, y así volvió a ver al gran estuche de madera en lugar de a su dulce muñequita. Un día después Juan intentó lo mismo, pero ésta vez Isabela lo apartó de su cintura para luego decirle:- Querido, yo no te necesito, te deseo sólo por momentos, pero a pesar de ello tú te quedas a mi lado, ¿quieres saber el por qué? Te lo explicaré, mi piel es para ti como el sol para las flores, no podrás vivir nunca sin ella, incluso después de muerto me buscarás para tocarme, mi naturaleza está en que tú no eres la única flor que debo cuidar, mi deber es como el del sol, debo iluminar a todas las criaturas, ya que incluso sin saberlo todas dependen de mí, ámame si quieres, yo no me iré de tu lado, pero acepta mi naturaleza o te marchitarás pétalo a pétalo.- Tras ello, Isabela dejó la habitación y se fue a leer tranquilamente, como si lo hubiese besado en la frente, con una paz tal, que incluso Juan se sintió bien tras esas palabras.
Juan todas las mañanas se iba a trabajar tranquilo, casi vencido podría decirse, pero en el fondo feliz de saber que al regresar a casa tendría a su ave salvaje encerrada entre las cuatro paredes del salón, sentada silenciosa, casi invisible allí.
Una noche tras un día más de trabajo en la tienda, Juan regresó a casa pensando su táctica para volver a tocar a su mujer, su sorpresa fue que al entrar al salón Isabela no estaba, la buscó por la biblioteca, la cocina, el jardín y la habitación, pero luego de un rato de buscar en vano, supo que ella no estaba allí. Cenó tranquilo, como un perro que espera a su dueño en casa, sin rencor, sin amargura, pero él no era un perro y en el fondo tenía un deseo insoportable de romper a patadas alguna cosa. Miró en el estante que estaba sobre la chimenea, y vio a las muñecas que una tarde de otoño le había comprado en un anticuario “su primer capricho” pensó, Juan siempre había pensado en Isabela como en esas muñecas, sabía que dentro de sí guardaba muchas otras personas, pero él no lograba conocer más que a la que estaba en la parte superficial, y también la conocía como si fuese un trozo de madera pintado, porque jamás conoció lo que ella sentía o tenía en el alma.
Tras un par de largas horas, salió de casa en busca de algún bar, necesitaba beber algo fuera de ese hogar que tanto daño le hacía si ella no estaba en él. Tras conducir unos minutos encontró un sitio idóneo para lo que deseaba y entró a un burdel. Pidió un whisky doble y una puta con aspecto de muñeca inflable se lo trajo a la mesa. El intentó hablar con la mujer, pero ella sólo se insinuaba desplegando para ello todas las tácticas que conocía, mover el culo, tocarse las tetas, echarle humo en la cara, Juan desistió y al rato estaba follando con ella en un catre que tenía el poster de una virgen pegado a la cabecera. Al terminar se sintió vacío de hombría, le arrojó a la mujer unos billetes se vistió y salió. Caminó un buen rato llorando y con la boca seca, fumaba un cigarro detrás de otro, se sentía un despojo humano. Paró en medio de un puente de piedra no muy alto que tenía un río pasando por debajo, dicho así suena bonito, pero el lugar era macabro, una carretera pasaba cerca, y el río estaba lleno de piedras afiladas además de estar sucio. Pensó en tirarse para abajo y en que con suerte se partiría en dos la cabeza, pero tampoco para ésto tuvo agallas. En un ataque de ira comenzó a darle golpes con el puño cerrado al puente de piedra, con lo que sólo consiguió destrozarse la mano derecha. Tras ésto regresó al coche.
Al llegar a casa ella estaba allí, lo miró despectiva, él ni siquiera se atrevió a preguntar dónde había estado, a ella no le importaba lo que él había hecho, así que tras un silencio Juan se fue a la ducha, y ella a leer.
Así pasaron los meses, cada vez ella faltaba más en casa a la hora en que Juan regresaba del trabajo, y aún más seguido él se dirigía al burdel a buscar a Lourdes, la puta de aquella primera vez, estando sólo con una puta y no con muchas, él sentía que no estaba tan sucio como en realidad consideraba que estaba.
Algunas noches Juan e Isabela hacían el amor de una forma tan romántica y pasional que él olvidaba que su vida era un agujero negro, y ella sonreía como si fuese la primera vez.
Un día Juan volvió antes a casa y vio a Isabela en el jardín haciendo el amor con otro hombre, algo que realmente no lo sorprendió, claro está, pero se puso furioso, tan furioso que se fue al burdel a buscar otra puta, una distinta. Isabela nunca supo que él la había visto, pero claro, tampoco le importaba demasiado según parecía.
Después de un tiempo de ésto, Juan comenzó a usar la violencia con sus putas del burdel, con lo que se ganó una buena paliza de parte de los chulos junto a una invitación de no regresar nunca. Ese fue el día en que Juan perdió los estribos. Regresó a casa y encontró a Isabela sentada en el sofá, ella al verlo destrozado y con la cara llena de sangre, se levantó cariñosa y lo abrazó, Juan sintió tanto amor que fue como si todas sus penas se borrasen de golpe. Se bañaron juntos y ella le sanó las heridas luego. Tras ésto, lo besó, llorando, abrazándolo, acariciándole el pelo, Juan estaba como en en el edén, se sentía liberado y puro de nuevo, se fueron a la cama a hacer el amor, Juan fue observando como durante esa noche una tras unas las matrioskas se abrían y dejaban salir a una Isabela nueva y mejor que la anterior, siete veces hicieron el amor, hasta que Juan observó a la última muñeca rusa salir del cuerpo de Isabela, cuando ella estaba tumbada notó como había conseguido lo que siempre había deseado, tener a sus siete muñecas en una, en el cuerpo de Isabela, ya la conocía por completo, entonces fue cuando se desencantó, la abrazó fuerte, la abrazó y la besó como si fuese la última vez, y de hecho así era, mientras la abrazaba y la penetraba, se sentía poderoso, sus siete muñecas de Isabela entre sus manos, el cuello de Isabela entre sus manos, la boca de Isabela en su boca, la sangre de los labios de Isabela entre sus dientes, comenzó a morderla, a arrancarle la piel de muñeca a tiras, no quería que nunca pudiese volver a armarse en la muñeca grande que tanto daño le hacía, la estranguló lentamente mientras la penetraba la estranguló hasta que sus ojos se pusieron morados y luego saltones y luego más morados aún, la mordió hasta que de su boca sólo quedaban unas encías sin labios y unos dientes rojos bajo la sangre, la estranguló hasta que su piel se puso azul, hasta que su cuerpo estuvo helado, hasta que él eyaculó por primera vez sólo pensando en su propio placer. Al terminar se levantó histérico, se levantó radiante, lleno de sangre su cuerpo que se separaba del cuerpo de una muñeca que nunca debería haber cobrado vida, el cuerpo de Isabela era ahora algo retorcido y frío que yacía con cara de horror en la cama, un cuerpo sin boca y sin ojos, un cuerpo vacío de muñeca rusa.
Juan se bañó, se vistió, cogió las llaves del coche, y se fue del pueblo para no volver jamás.
Una noche tras llegar del trabajo, Juan se acercó a Isabela y la cogió por la cintura, ella asintió el gesto cogiéndole los brazos y pegando su espalda a él, luego de varios meses vacíos al fin, hicieron el amor, como dos adolescentes, como si estuvieran unidos y compenetrados como pareja, esa fue la primera vez que Juan sintió que abría a su muñeca rusa de carne y hueso, y de ella salía otra, más buena, más dulce, más humana. Al día siguiente esa muñeca que Juan había descubierto la noche anterior dentro de su mujer ya se había metido de nuevo en el cuerpo frío de Isabela, y así volvió a ver al gran estuche de madera en lugar de a su dulce muñequita. Un día después Juan intentó lo mismo, pero ésta vez Isabela lo apartó de su cintura para luego decirle:- Querido, yo no te necesito, te deseo sólo por momentos, pero a pesar de ello tú te quedas a mi lado, ¿quieres saber el por qué? Te lo explicaré, mi piel es para ti como el sol para las flores, no podrás vivir nunca sin ella, incluso después de muerto me buscarás para tocarme, mi naturaleza está en que tú no eres la única flor que debo cuidar, mi deber es como el del sol, debo iluminar a todas las criaturas, ya que incluso sin saberlo todas dependen de mí, ámame si quieres, yo no me iré de tu lado, pero acepta mi naturaleza o te marchitarás pétalo a pétalo.- Tras ello, Isabela dejó la habitación y se fue a leer tranquilamente, como si lo hubiese besado en la frente, con una paz tal, que incluso Juan se sintió bien tras esas palabras.
Juan todas las mañanas se iba a trabajar tranquilo, casi vencido podría decirse, pero en el fondo feliz de saber que al regresar a casa tendría a su ave salvaje encerrada entre las cuatro paredes del salón, sentada silenciosa, casi invisible allí.
Una noche tras un día más de trabajo en la tienda, Juan regresó a casa pensando su táctica para volver a tocar a su mujer, su sorpresa fue que al entrar al salón Isabela no estaba, la buscó por la biblioteca, la cocina, el jardín y la habitación, pero luego de un rato de buscar en vano, supo que ella no estaba allí. Cenó tranquilo, como un perro que espera a su dueño en casa, sin rencor, sin amargura, pero él no era un perro y en el fondo tenía un deseo insoportable de romper a patadas alguna cosa. Miró en el estante que estaba sobre la chimenea, y vio a las muñecas que una tarde de otoño le había comprado en un anticuario “su primer capricho” pensó, Juan siempre había pensado en Isabela como en esas muñecas, sabía que dentro de sí guardaba muchas otras personas, pero él no lograba conocer más que a la que estaba en la parte superficial, y también la conocía como si fuese un trozo de madera pintado, porque jamás conoció lo que ella sentía o tenía en el alma.
Tras un par de largas horas, salió de casa en busca de algún bar, necesitaba beber algo fuera de ese hogar que tanto daño le hacía si ella no estaba en él. Tras conducir unos minutos encontró un sitio idóneo para lo que deseaba y entró a un burdel. Pidió un whisky doble y una puta con aspecto de muñeca inflable se lo trajo a la mesa. El intentó hablar con la mujer, pero ella sólo se insinuaba desplegando para ello todas las tácticas que conocía, mover el culo, tocarse las tetas, echarle humo en la cara, Juan desistió y al rato estaba follando con ella en un catre que tenía el poster de una virgen pegado a la cabecera. Al terminar se sintió vacío de hombría, le arrojó a la mujer unos billetes se vistió y salió. Caminó un buen rato llorando y con la boca seca, fumaba un cigarro detrás de otro, se sentía un despojo humano. Paró en medio de un puente de piedra no muy alto que tenía un río pasando por debajo, dicho así suena bonito, pero el lugar era macabro, una carretera pasaba cerca, y el río estaba lleno de piedras afiladas además de estar sucio. Pensó en tirarse para abajo y en que con suerte se partiría en dos la cabeza, pero tampoco para ésto tuvo agallas. En un ataque de ira comenzó a darle golpes con el puño cerrado al puente de piedra, con lo que sólo consiguió destrozarse la mano derecha. Tras ésto regresó al coche.
Al llegar a casa ella estaba allí, lo miró despectiva, él ni siquiera se atrevió a preguntar dónde había estado, a ella no le importaba lo que él había hecho, así que tras un silencio Juan se fue a la ducha, y ella a leer.
Así pasaron los meses, cada vez ella faltaba más en casa a la hora en que Juan regresaba del trabajo, y aún más seguido él se dirigía al burdel a buscar a Lourdes, la puta de aquella primera vez, estando sólo con una puta y no con muchas, él sentía que no estaba tan sucio como en realidad consideraba que estaba.
Algunas noches Juan e Isabela hacían el amor de una forma tan romántica y pasional que él olvidaba que su vida era un agujero negro, y ella sonreía como si fuese la primera vez.
Un día Juan volvió antes a casa y vio a Isabela en el jardín haciendo el amor con otro hombre, algo que realmente no lo sorprendió, claro está, pero se puso furioso, tan furioso que se fue al burdel a buscar otra puta, una distinta. Isabela nunca supo que él la había visto, pero claro, tampoco le importaba demasiado según parecía.
Después de un tiempo de ésto, Juan comenzó a usar la violencia con sus putas del burdel, con lo que se ganó una buena paliza de parte de los chulos junto a una invitación de no regresar nunca. Ese fue el día en que Juan perdió los estribos. Regresó a casa y encontró a Isabela sentada en el sofá, ella al verlo destrozado y con la cara llena de sangre, se levantó cariñosa y lo abrazó, Juan sintió tanto amor que fue como si todas sus penas se borrasen de golpe. Se bañaron juntos y ella le sanó las heridas luego. Tras ésto, lo besó, llorando, abrazándolo, acariciándole el pelo, Juan estaba como en en el edén, se sentía liberado y puro de nuevo, se fueron a la cama a hacer el amor, Juan fue observando como durante esa noche una tras unas las matrioskas se abrían y dejaban salir a una Isabela nueva y mejor que la anterior, siete veces hicieron el amor, hasta que Juan observó a la última muñeca rusa salir del cuerpo de Isabela, cuando ella estaba tumbada notó como había conseguido lo que siempre había deseado, tener a sus siete muñecas en una, en el cuerpo de Isabela, ya la conocía por completo, entonces fue cuando se desencantó, la abrazó fuerte, la abrazó y la besó como si fuese la última vez, y de hecho así era, mientras la abrazaba y la penetraba, se sentía poderoso, sus siete muñecas de Isabela entre sus manos, el cuello de Isabela entre sus manos, la boca de Isabela en su boca, la sangre de los labios de Isabela entre sus dientes, comenzó a morderla, a arrancarle la piel de muñeca a tiras, no quería que nunca pudiese volver a armarse en la muñeca grande que tanto daño le hacía, la estranguló lentamente mientras la penetraba la estranguló hasta que sus ojos se pusieron morados y luego saltones y luego más morados aún, la mordió hasta que de su boca sólo quedaban unas encías sin labios y unos dientes rojos bajo la sangre, la estranguló hasta que su piel se puso azul, hasta que su cuerpo estuvo helado, hasta que él eyaculó por primera vez sólo pensando en su propio placer. Al terminar se levantó histérico, se levantó radiante, lleno de sangre su cuerpo que se separaba del cuerpo de una muñeca que nunca debería haber cobrado vida, el cuerpo de Isabela era ahora algo retorcido y frío que yacía con cara de horror en la cama, un cuerpo sin boca y sin ojos, un cuerpo vacío de muñeca rusa.
Juan se bañó, se vistió, cogió las llaves del coche, y se fue del pueblo para no volver jamás.
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